En tiempos de vacas gordas, mientras se ejecutaban las autovías proyectadas y adjudicadas por Pérez Touriño y financiadas por la Unión Europea, la Xunta tuvo especial empeño en demostrar que todo lo que se hacía en Galicia empezaba y terminaba en Fraga, que antes de él no se había hecho nada y que después de él no quedaría nada por hacer. La cruda verdad del asunto es que la única aportación de Fraga al plan de autovías fue la fecha de inauguración (31/12/1995), que, por ser temeraria, tampoco se cumplió. Pero el éxito propagandístico fue de tal calibre que una gran parte de los gallegos está convencida de estas dos cosas: que Galicia es la única comunidad autónoma que tiene autovías, y que tuvo que venir don Manuel para dar la idea, hacer los proyectos, adjudicar las obras y pagarlo todo de su bolsillo. Claro que la historia no se detiene, y todo apunta a que muy pronto vamos a entrar en época de vacas flacas. Los fondos de cohesión seguirán fluyendo hacia el Finisterre hasta el año 2006, e incluso es posible que, dada nuestra ineficacia inversora, conservemos el dudoso privilegio de seguir siendo pobres y recibiendo limosnas en una UE ampliada. Pero la Xunta, por si acaso, ya cambió su discurso, y, en lugar de acelerar el repique de campanas, empezó a advertir que la chistera de Fraga no tiene más conejos, y que cuando Bruselas deje de mandar pasta gansa , tendremos que rascarnos el bolsillo para hacer nuevas obras públicas o para circular por las ya inauguradas. Pero ¿en qué quedamos? ¿No era Fraga el que todo lo hacía y todo lo lograba? ¿No éramos la envidia del mundo por tener un gestor apoyado por un gobierno amigo y con todas las puertas de Europa abiertas a su paso?. Pues resulta que no. Que el milagro, como siempre, venía de Alemania, y que ya va siendo hora de que nos enteremos de que la abundancia de fondos estructurales sirvió para hacer lo que se hizo, para tapar lo que no se hizo, para ocultar el despilfarro que dejó a la Xunta sin capacidad inversora, para disimular la ineficiencia de una Administración hipertrofiada, y para dar alas a un discurso providencialista que ahora se torna ridículo y cutre. No sirvieron, en cambio, para sacar a Galicia de la cola del desarrollo europeo, ni para garantizar siquiera los costes de reposición de ciertas inversiones programadas con mentalidad de nuevos ricos. Así que ¿ Fraga et Cuiña dixerunt ¿ ¡a rascarse los bolsillos! ¡Y que nadie mire para atrás! Porque, lejos de estar legitimados para protestar, debería de caérsenos la cara de vergüenza por haber alentado, jaleado ¿¡y votado!¿ un discurso político fuera de la realidad. Menos mal que Cuiña se percató de que público y privado empienzan por la misma letra. Porque gracias a eso la sigla COTOP seguirá viva cuando todo se haga con capital privado. La COTOP ha muerto... ¡Viva la COTOP!