Un informe reciente de Naciones Unidas señala a España como el país de crecimiento económico más rápido en la UE, para añadir que el mantenimiento de una fuerza de trabajo viable en España presupone la recepción de diez millones de inmigrantes durante las próximas cinco décadas. La primera noticia es buena. En cuanto a la segunda, me parece adecuado lo que tiene de preocupante, dado que hay situaciones conflictivas o de índole patológica en las que lo peor no reside en el conflicto ni en la, digamos, enfermedad, sino en la penuria de los recursos con los que cuenta el paciente para afrontar lo que se le viene encima. Y la penuria de nuestros recursos frente a la inmigración es una enfermedad en sí misma. España tiene uno de los porcentajes de inmigración más bajos de la Unión Europea. Nuestro cupo legal de admisión de inmigrantes es de 30.000 personas. El INE señala, sin embargo, que este mismo año vendrán a España 260.000 inmigrantes nuevos. Son cifras que acreditan nuestra inopia frente a los augurios del informe de Naciones Unidas. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que estamos muy mal educados. Nos conocemos poco y mal, y lo que sabemos del otro suele ser erróneo. Tenemos una cierta idea de lo que es la emigración gracias a una dilatada experiencia en ese campo, experiencia y eso es todo. De inmigración tampoco sabemos más. Desde el punto de vista histórico, somos un país de salida mucho más que de llegada. Nos han dicho que somos toda una encrucijada: que si los romanos, los griegos, los cartagineses, los godos, los musulmanes, los judíos y etcétera. También nos contaron que no somos racistas, aunque lo cierto es que en las capas más profundas del español o de lo español se asienta la invención del racismo que expulsó a judíos y moriscos. Las lenguas catalana y vasca cuentan con palabras específicas y peyorativas para quienes viven y trabajan en el País Vasco y en Cataluña sin ser vascos o catalanes de origen. Somos también un país que adora el flamenco e ignora al gitano. Del otro, del que viene de lejos, tenemos una conciencia sesgada. Sabemos del extranjero como de la visita que asegura esa prosperidad hostelera a la que llamamos turismo. Pero del trabajador que viene del otro lado de nuestras fronteras, de ese no sabemos nada salvo inquietarnos en cuanto se cuela en las calles por las que pasamos y sitúa en nuestra percepción la incertidumbre en la que vive, los peligros arrostrados hasta llegar ante nuestras narices y el miedo que siente en un medio extraño, sin lenguas ni costumbres familiares. Entonces comenzamos a sentirnos confundidos y protestamos ante el que consideramos intruso y culpable de nuestra inseguridad. En realidad, es el inmigrante el que vive en la inseguridad. Vive en la inseguridad de las mafias, del tráfico clandestino de personas y de los chanchullos laborales. Vive también en el riesgo de que le tomen por quien no es, e incluso de que le hagan pasar por o convertirse en lo que nadie quiere ser. Tal es la zozobra de un desorden en cuya resolución han de entrar el gobierno y la oposición, como también los empresarios ¿pues jugar con esas cosas es un delito¿ y los sindicatos, si no estuvieran éstos tan ocupados nadie sabe bien en qué. Es indudable que pasan cosas en las calles, en los colegios y en las alcobas que constituyen el argumento de otra inseguridad que nos es más propia, y de la que buena parte de responsabilidad recae en lo mal que funciona en España la justicia, porque una justicia lenta no es justicia. Y hay más datos para que el ciudadano sienta un punto de inseguridad. Los números de la inflación, por ejemplo, no son buenos. Como tampoco lo es que la productividad española sea de las más bajas de Europa.