14 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Han apartado de sus funciones al fiscal del caso Nevenka, con lo que le han hecho un favor al buen gusto y a la dignidad judicial. La verdad es que ha estado torpe y desafortunado con la referencia a que la ex-concejala no tenía por qué dejarse «tocar el trasero» como las cajeras de Hipercor, que tienen que llevarse un salario a casa para sacar adelante a unos hijos. Hay frases que expresan mucho más de lo que dicen. Comentario trasnochado, además de irreal, porque a la gran mayoría de los hombres que vamos a un supermercado a hacer la compra no se le ocurren semejantes liviandades. Ni las cajeras lo permitirían, claro. La educación, entre otras cosas, está para eso: para no molestar y, de paso, para no hacer el imbécil. Pero el comentario es doblemente desafortunado porque la comparación se hace con las cajeras, uno de los sectores laborales más atrapados por la dinámica de unos horarios de trabajo atosigantes. Son siempre chicas, casi siempre jóvenes. Y hacen lo posible por ser simpáticas. Las que trabajan en el supermercado de mi calle pretenden siempre ser agradables con todo el mundo. Sonríen mientras trasvasan latas de cerveza, mientras se pringan las manos con la botella de aceite; tienen humor para hacerle una gracia al bebé que el ama de casa lleva en la silla, le ayudan a bucear décimos de euro en la cartera a la abuela atascada en la conversión imposible. Nos dan las gracias, y vuelta a empezar. Y así no sé cuántas horas. Muchas, las que van desde la frescura que tienen por la mañana, cuando me cruzo con ellas, cada cual camino de su trabajo, hasta el cansancio de la tarde, cuando sólo les queda una férrea voluntad de sonrisa. Siguen los sábados al pie de su caja. Y siguen sonriendo. Y luego vienen los atracones navideños y los días de sol que no disfrutan. No sé lo que cobran, pero me temo que muchísimo menos de lo que merecen por lo mucho y bien que trabajan. Con personas así, nadie puede ser impertinente. Ni hombres ni mujeres. Ni siquiera un fiscal, que, además, se equivocó radicalmente. Porque, una de dos: o su subconsciente sigue lastrado por un machismo atávico y lamentable, o no entró nunca en un supermercado. La verdad es que sobre el trabajo diario de las cajeras no me hizo pensar ahora este torpe incidente judicial. Lo hago con frecuencia, simplemente porque unos metros más adelante en la misma calle suelo encontrarme con un grupo de chicos desocupados. Ellos son el caso contrario. Viven las tardes en un distendido homenaje al ocio, como una ofrenda litúrgica al hecho de ser chico y joven. Se hacen fuertes en el corro de la acera, parapetados contra el portal de la casa contigua a la sala de juegos, marcando territorio. Es el rito aburrido de un grupo indolente. Para hacer algo, fuman, escupen, sopesan la nada, miran con desdén a los que pasan y hablan con monosílabos de las últimas hazañas de los ultra en los estadios. Es un ocio absolutamente improductivo, que debería cambiarse por estudio o trabajo. Y es ahí cuando me acuerdo de las cajeras que he dejado atrás, con su actividad y afán de servicio. Son más o menos de la misma edad, pero la actitud ante la vida es bien distinta. La de estos chicos nos lleva a pensar que la juventud es ese divino tesoro con el que muchos jóvenes no saben qué hacer ni en qué emplear.