AHORA LE TOCA A LOS HINCHAS

OPINIÓN

10 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Frente a la extrema simplicidad del concepto dictatorial del público ¿ ¡paz de pau e tente teso! ¿, las democracias tienen en este punto uno de los problemas más complejos y difíciles, ya que, al lado de las exigencias de seguridad y orden que presentan los ciudadanos, se encuentra la obligación de garantizar la libertad individual, el pluralismo político y el uso del espacio común. Y eso es tanto como decir que el orden público democrático se mueve sobre el filo de la navaja, con una separación muy sutil entre la tolerancia y el desorden, y entre la eficacia y el abuso de poder. El simple deseo de crear una sociedad abierta y garantista puede confundirse con la existencia de un campo de Agramante al servicio de las mafias, los terroristas y las pandillas de delincuentes. Y la siempre loable exigencia de seguridad y orden puede chocar con el ejercicio de las libertades y con una visión totalitaria del orden social y político.Y por eso extraña tanto que la cuestión del orden público lleve veinte años fuera del Parlamento, sin desgastar ni un ápice a sus responsables ministeriales. Lejos de ser analizado como una cuestión vertebral de la democracia, el problema del orden público se ha convertido en el bálsamo de Fierabrás de los partidos y los dirigentes políticos, ya que proporciona un espacio impune para todas las memeces discursivas y para todas las ineficacias intolerables que se registran en el gobierno y en su pactista oposición. Y así se explica que todos los ministros tiendan a manejar un modelo de orden cada vez más unidimensional, hasta llevarlo a un terreno donde todo se acepta y nada se discute. En vez de hablarnos del orden público en su conjunto, que implica una cultura de la libertad democrática y una exacta definición de los ámbitos de responsabilidad de las Fuerzas de Seguridad del Estado, nos hablan del tema por fascículos, para que, en lugar de ponerlos a caldo, sintamos compasión por sus desvelos. Primero fue ETA la que, entre bomba y bomba, consagró el liderazgo y la gestión de Mayor Oreja. Y ahora son los hinchas, que, después de una breve parada en el botellón y los emigrantes, amenazan con secuestrar toda la crítica a un Ministerio del Interior que, además de ser ciertamente inoperante, tiende a repercutir sus fracasos sobre el sistema de garantías de nuestros derechos y libertades. Ya nadie se extraña de que el ministro del Interior se haya convertido en un mentor de reformas y cambios legales que afectan a las libertades democráticas, o de que algunos jueces utilicen la discreción procesal para ocultar y compensar la ineficacia policial. Y por eso los delincuentes se crecen mientras los ciudadanos andamos acongojados. Porque, como siempre sucedió y la historia nos enseña, no hay mejor abono para el autoritarismo que una mala gestión del orden democrático.