La última vez que hablé personalmente con Jacques Chirac fue hace dos años. El presidente, que había perdido las elecciones legislativas de 1997 y había tenido que ceder, obedeciendo a la Constitución, lo esencial del poder a su primer ministro socialista Lionel Jospin, disponía de tiempo libre. Me había invitado junto con mi amigo el profesor Jean Malaurie, último gran explorador del Polo Norte y el mejor conocedor de los inuit (esquimales). Llegamos al palacio del Elíseo a la hora prevista. Era por la tarde. Se notaba que el poder había desertado en gran parte de este suntuoso lugar. Había un violento contraste entre la atmósfera enfebrecida de ese céntrico barrio parisino donde está situada la residencia presidencial y el ritmo provincial, pastoso y lento que reinaba en el palacio. Chirac nos recibió en su despacho de trabajo, gigantesco como un salón. Su amabilidad y su simpatía son legendarias. Estuvo exquisito, lleno de atenciones hacia el profesor Malaurie, viejo gaullista, que conocía desde hacía mucho. A mi me había invitado, me dijo mostrándome algunos de mis artículos anotados sobre su mesa, porque me leía desde hacía tiempo, y había tomado de un texto mío ¿y en gran medida, popularizado¿ durante su campaña victoriosa de 1995, el concepto de pensamiento único para criticar al neoliberalismo y la globalización (que luego, apenas cinco meses después de su elección, adoptaría y alabaría...). La prensa, en aquel momento, era muy crítica con el presidente. Nos advirtió que no quería hablar de política y mirándome con una sonrisa subrayó que se trataba de una conversación privada. «Olvídese por un momento de que es usted periodista, me dijo, y hablemos de cosas realmente interesantes». Un proverbio gallego dice que «la zorra, si fuese tan zorra, no se sabría», y Chirac aplica esta sabia recomendación con refinado talento. Cultiva una fama de tipo inculto, se hace pasar por poco menos que un estúpido y no duda en afirmar que no es un intelectual. Evidentemente, se trata de una astucia para que sus adversarios lo subestimen, se confíen y terminen por perderse, como le acaba de ocurrir al orgulloso Lionel Jospin. Yo tenía esa impresión de Chirac, un político aventurero, en movimiento permanente, impaciente, adicto a la acción como a una droga, hambriento de poder, frenético, infiel, sin ideas propias, corsario en busca constante de sugerencias y proposiciones venidas de todos los horizontes, un día ultraliberal, el otro neosocialista, matador de competidores y de adversarios como otros lo son de toros. Y esa impresión corresponde indiscutiblemente a la realidad del excepcional animal político que es. Lo que yo ignoraba era que detrás de esta fachada, Chirac tenía un apasionante jardín secreto. Y de eso nos quería hablar a Malaurie y a mí. De su pasión por los indígenas y por las artes primeras , las culturas de lo que algunos siguen llamando los pueblos primitivos . Antes de hablarnos, nos escuchó. Sabía que yo conocía al subcomandante Marcos y me rogó que le contase la aventura del Ejército zapatista de Chiapas y su lucha por la emancipación de los indígenas. Se interesó por la situación de los pueblos indios de México y América Central que por lo demás conocía mejor que yo. Uno de sus primeros gestos culturales, cuando fue elegido presidente en 1995, fue organizar una exposición consagrada al arte de los tainos, un pueblo caribeño exterminado durante la conquista y que ha dejado muestras de una refinadísima cultura. También hablamos, claro, de los inuit y de los pueblos del Gran Norte que tanto nos apasionan a Malaurie y a mí, pero Chirac resultó ser el mejor conocedor de los pueblos y las artes del Norte de China y sobre todo de las minorías étnicas de Japón. Este hombre, tan criticable por su conducta y su política, se transformaba literalmente al evocar una escultura, al recitar un poema, al describir una máscara de una civilización alejada y despreciada. Nos leyó, casi con lágrimas en los ojos, relatos olvidados de la destrucción de los pieles rojas por los norteamericanos... Durante estas semanas de preocupación por la subida de la extrema derecha en Francia, me ha vuelto a la memoria con nitidez aquel encuentro en el Elíseo. Me resultaba evidente que, a pesar de todas las críticas que Chirac se merece, su admiración real por las culturas de los pueblos primeros lo blinda contra cualquier acuerdo con la extrema derecha xenófoba. La izquierda que ha votado por él y ha permitido que sea reelegido tan triunfalmente no se ha equivocado; Chirac es un republicano. Y más aún, un antifascista visceral.