EL PERRO OBJETO

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

09 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El aviso, pintado en capitulares negras de imprenta sobre una tablilla blanca clavada al tronco de uno de los pinos que bordean el camino asfaltado, reza: «Zona de adiestramiento de perros permanente». Nadie sabe quien ha puesto el cartelito, pero sí se sabe que quien debería cuidar de estas cosas, ni cuida de ellas ni lo quita ni pide explicaciones. Esa zona de límites indeterminados incluye cinco casas habitadas y dos más en construcción, todas a uno y otro lado del camino sobre el que se alza el letrero. Algunos de los dueños de esas casas mantienen unos perros encerrados en una soledad erizada de ladridos, y los sueltan de vez en cuando, del modo más indiscriminado y sin previo aviso alguno. Los animales van escopeteados al camino de la zona y lo transforman en gimnasio de un adiestramiento permanente que consiste en poner en un serio aprieto a cualquier ser humano que pase por allí, sea vecino, transeúnte, paseante o investigador de setas. La cosa es incómoda porque este tipo de planteamientos no da margen a la advertencia. Si uno le dice al amo: «Ese su perro me va a atacar», el amo se mosquea. De modo que uno no se lo dice, mayormente porque cuando el perro comienza a entusiasmarse con la persecución del caminante, el amo opta por mirar para otro lado. Y eso no es lo peor. Lo peor es que si uno le dice: «Ese su perro me ha atacado», entonces el amo le mira a uno con expresión de «algo le habrá hecho usted». Eso en lo que se refiere a la elocuencia muda de su mirada. Si consigue articular palabra, puede que rezongue: «No me lo explico. Es un perro muy tranquilo». El que no se lo explique es un simple efecto, quizá el único, de su calcinado cerebro. Lo de que su perro es muy tranquilo cae de lleno en la desvergüenza. Ese perro que ataca lleva días ladrando, tantos como lleva encerrado y abandonado por su amo, con la única compañía de unos altramuces secos que le han de servir de alimento al tiempo que le liman los dientes. Deben de ser cosas de la vida moderna. Antes, el perro estaba para avisar de la presencia de un intruso; ahora está para resolverla acabando con él o lisiándolo. El animal que antes servía de alarma, ahora es una especie de arma blanca con patas. Antes, los perros andaban por los campos como Pedro por su casa. Hoy viven encerrados y abandonados por un amo que sólo quiere de ellos una cierta capacidad de daño. Un perro educado en semejantes condiciones y circunstancias es un perro objeto. Sabe que sólo está ahí para una única cosa. Se siente desposeído, alienado de un afecto específico, y cobra conciencia de perro-objeto, de can cosificado. Su amo no le ama, y no le quiere sino para la satisfacción de sus más bajos instintos. Y éstos, los instintos más vulgares e inferiores, en el ambiente rural de las segundas residencias, siempre tienen que ver con la propiedad, con la segunda propiedad. Y ésta, la segunda propiedad, suele verse confundida con la de los caminos y los espacios entre lindes. De manera que ese tipo de propietario ¿un ser, por otro lado, habitualmente íntegro y de una moral intachable¿ recela de todo paseante y se inventa un intruso en cuanto ve que alguien se le cruza por el camino. Y contra ambos educa a su perro. El perro, por su parte, no puede sino actuar del modo que su amo espera. Sabe que sólo le quiere para morder y no por cualquier otra cosa. Así que no tiene otra opción que la de pasar de can cosificado a lo que en mi pueblo llaman cancodrilo . Y si en O Grove denominan con tanta precisión a esa especie de bestia, es porque más de uno se ha visto en la suerte de tener que salir por patas. Y eso no es vida.