Francia siempre ha estado traspasada por dos tradiciones, la doctrinaria y la jacobina, que priman alternativamente según los tiempos. La vena doctrinaria no deja de ser trasunto residual del Absolutismo, se encarna en la grandeur y se traduce en Ejecutivos fuertes. Quizá perdure en nuestros vecinos un cierto sentimiento de culpabilidad por haber guillotinado al Rey, y por eso a muchos de ellos les guste disponer de un presidente con los considerables poderes que le atribuye la Constitución de la V República. «Revolución permanente» La tradición jacobina persiste también, todavía se acuerda de Rousseau y de aquella romántica aspiración a la revolución permanente que poseía al Club en los finales del XVIII. Y no rechaza lo foráneo, lo integra y quiere hacer de Francia el refugio universal de toda heterodoxia fecundante del pensamiento y la libertad. Cuando aflora la Francia doctrinaria, que atiza el chauvinismo y aplaude los gestos ampulosos y amenazantes del Le Pen de turno, todos nos preocupamos. Quizá más que ellos mismos, que saben por historia cómo retornar las aguas a su cauce, con su sistema electoral a doble vuelta. Tal están las cosas por Europa, es como para pensárselo.