El entrar a tiros en el instituto matando profesores es reflejo extremo y ocasional de la tensión cotidiana de las aulas. La competitividad y la falta de horizontes convierten a los docentes en el chivo expiatorio de la frustración que se apodera de buena parte de la chavalada. Son como patadas en el trasero de otro, de esa forma de vida tensa y acuciosa en que nos hemos sumergido. Matar, en suma, al mensajero. Hubo tiempos en los que al menos cabía la posibilidad de cambiar las cosas desde la rebeldía personal. Era lógica, entonces, la desazón de, por ejemplo, un Goethe cuando se encontraba a jóvenes que no desearían ver nada cambiado ni mejorado, dispuestos a nadar con la corriente de su época sin reproche alguno. Y lo era también su romántico recuerdo de que «en su frágil barca al hombre le ha sido dado un remo para que no quede a merced de las olas, sino que pueda seguir la voluntad de su inteligencia». No sé si esto tiene hoy algún sentido en la globalización de la individualidad y la creatividad personal... la presión del pensamiento único y su determinismo invencible. Y, no viendo salida, el débil e inconformista no protesta con palabras. Desesperado, simplemente se lía a tiros.