Todo lo que cabe en una crónica ha ocurrido ayer. Toda la España del gozo, la ansiedad y el miedo se vio reflejada en la crónica de un día. Era una jornada de fiesta, comienzo de puente, y miles de ciudadanos se vieron metidos en gigantescos atascos. De esta forma se expresaba el país que busca evasión, ajeno a los conflictos o que escapa de los conflictos. Representaban el mito de la ciudad alegre y confiada . Era Primero de Mayo, había expectación por escuchar a los líderes sindicales en un clima de previsión de protestas sociales, y ningún manifestante fue defraudado. Hemos terminado la mañana con la sensación de que la huelga general es inevitable. Las bases la piden y los dirigentes se dejan llevar. Ya puede decir el ministro de Trabajo que está dispuesto a negociar, que los sindicatos se han instalado en el todo o nada: o se retira la reforma del paro, o habrá confrontación. Y había emoción ante el fútbol, y ETA decidió hacer acto de presencia, con ese coche-bomba frente al estadio y, por cierto, al lado de la redacción de La Voz en Madrid. Así respondía a la operación policial contra su aparato financiero. Así avisaba de cuál puede ser su reacción cuando se reforme la Ley de Partidos. Así quería demostrar su fortaleza y capacidad de matar cuando se lo proponga y en el lugar que elija, mientras José María Aznar viajaba hacia los Estados Unidos, precisamente para hablar con Bush de lucha contra el terrorismo. Y así quiso hacer una gran operación de propaganda, con repercusión garantizada en todos los medios de comunicación europeos. El lector preguntará cuál es la conclusión de esta crónica. Y le digo: no hay ninguna. Sólo que la reflexión sobre la España que se divierte queda anulada de inmediato por la España que protesta. Y la España que protesta es superada de inmediato por el impacto de un atentado. Estamos en el país del sobresalto. Y en Madrid, desde donde os escribo, los últimos días dibujaron una ruta del coche-bomba. Sabemos dónde empieza: en la sede de Repsol. Sabemos que sigue por el Bernabéu. Pero no sabemos dónde acaba. Nos conformamos, y es mucho, con saber que ayer no han matado a nadie.