RAMÓN PERNAS
26 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.No se trata de ningún recluso internado en una penitenciaria, ni de un nuevo modelo de automóvil, ni siquiera es un bar instalado en idéntico número de una calle comercial. El 103 es un árbol, un ciprés centenario y gigante, catalogado con ese número en el registro de árboles notables de la Comunidad Autónoma Gallega. Registro que no le da derecho a protección alguna, ni a un indulto si los propietarios decidieran talarlo y convertirlo en madera para parqué, pongo por caso. Los árboles singulares están siempre en el corredor de la muerte con un número grabado a fuego en su corteza. El 103 es un árbol de indiano en una finca sin palmeras, creció majestuoso con vocación de sequía, frondoso y noble, solemne en su poblada copa. Su sombra protegió durante muchos lustros el porche fachendoso del palacete habanero vecino al árbol, y juntos fueron el orgullo y la admiración de la finca. Frente a él sólo había el mar y una decadente carretera que tenía una alameda festoneándola. El feísmo, constante urbana de la Galicia de los últimos treinta años, desfiguró totalmente el entorno, y el tiempo con sus cuchilladas certeras y la desidia de dueños divididos estragaron finca y palacete. Sólo el árbol sobrevivió a todos los avatares. En estas semanas de benigna primavera, rumores de tala se dejaron oír por todo el pueblo. El 103 estaba amenazado, en peligro. Llegó el desmentido. Cuando la alarma trascendió convirtiéndose en solidaridad, la tala se convirtió en poda. Habían llegado nuevos propietarios que compraron la finca y el árbol entraba en el lote. Yo no sé si a los nuevos dueños les contó alguien que el 103 es ya un vecino de pleno derecho del municipio donde está plantado. Es nuestro mástil de la memoria colectiva, un símbolo de todos nosotros como la puerta de Carlos V o la ermita de san Roque. Yo no sé si les contaron que varias generaciones de vivarienses crecimos con ese árbol solitario que ponía límite al entorno urbano que nacía y crecía al pasar el puente. Quiero creer que los empresarios que han comprado la finca no tienen tentaciones arboricidadas y que la urbanización que crezca sobre los terrenos adquiridos tendrá un logotipo y un nombre con el árbol como divisa. Si así no fuera, conviene recordar que existen mecanismos legales, surtidos y variados a nivel municipal y autonómico para indultar, salvar y, en suma, proteger a un árbol singular que ya forma parte de nuestro catálogo de orgullos. Los árboles, dice Casona, mueren de pie y se secan de viejos. Sólo el hombre, el mayor de los depredadores, puede abatirlos cuando están sanos y son poderosos. Dios, que hizo las rías y el paisaje, que ordenó crear un jardín en la tierra con todas las especies de árboles conocidos, dé larga vida al 103, que tiene nombre de coñac popular. Y como diría Malory, gloria sin mengua a quienes lo protejan. De todas formas, seguiremos atentos a una historia que todavía no ha concluido. El árbol está en la Misericordia, un barrio de Viveiro.