¿SE PUEDE SALAR LA SAL?

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

24 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Sumido en una desorientación más que explicable, y obligado a oficiar de líder mediático de una Iglesia encerrada en sus propias elucubraciones, Juan Pablo II acaba de referirse al problema de los curas pederastas con esta pobre advertencia: «No hay sitio en el sacerdocio para los que hacen daño a los jóvenes». Olvida el Papa que, además de los pederastas, también estamos hablando de los que violan a las monjas o emplean su liderazgo moral al servicio de sus deseos, y que esa gentuza que no tiene sitio entre los ministros de Dios, tampoco lo tiene entre los ministros de Putin ¿¡por poner un ejemplo!¿, en el ejército de Sharon, en las destilerías de Escocia o en los clubes de alterne. Porque su grave delito no se explica por su sóla condición de sacerdotes, sino por haberse entregado a prácticas que son aberrantes en todos los códigos de la humanidad. ¿Y por qué se olvida el Papa de ese detalle tan importante? Porque todavía quiere salvar su obsesiva idea de que la Iglesia es una reserva ética enfrentada al hedonismo y la perversión de las sociedades modernas, como si el colectivo de los sacerdotes tuviese un plus de fiabilidad entre las miserias del mundo. Y por eso recurre una vez más a la teoría de la excepción, separando este caso de los escándalos descubiertos en las iglesias de África y Europa, y evitando toda posible relación con el estado de relajación que sufre el celibato en el marco de unas relaciones heterosexuales que los fieles toleramos en caridad y con plena y directa inspiración ¿supongo yo¿ del Espíritu Santo. Aunque ya se les ve mayores, y con experiencia, ni el Papa ni los cardenales se enteran de que sólo estamos viendo la punta de un iceberg formado en el frío abismo que se interpone entre la sociedad y la Iglesia, que deja a los sacerdotes a merced de sus crisis y a expensas de un ascetismo heroico que no parece exigible con carácter general. Lejos de estar ante casos excepcionales, como dice la propaganda oficial, nos encontramos ante los síntomas de un fracaso que alcanza a toda la obra de restauración preconciliar impulsada por Juan Pablo II, que pone a la Iglesia ante el drama de una ocasión perdida, y ante la apremiante necesidad de abordar un cambio estructural que el Vaticano II había situado en el punto de penalti. La lámpara bajo el celemín Pero una vez más optamos por encender la lámpara y ponerla debajo del celemín, sin percatarnos de que muchas de las apocalípticas invocaciones a la tradición de la Iglesia y a una moral de corte sexual estaban precedidas por un alivio pecadento obtenido, contra la ley de Dios y de los hombres, en la propia sacristía. Por eso tendremos que afrontar los cambios con la presión de la culpa, haciendo por vergüenza lo que pudimos hacer con santa libertad y en el marco de una renovación grandiosa, generosa y a la medida de los tiempos.