Los acontecimientos del 11 de septiembre del año pasado cambiaron un buen número de cosas e introdujeron en la realidad unos ingredientes inauditos que hicieron cundir, junto con el pánico, la noción de una realidad transtornada. Lo que ocurrió entonces fue tan sorprendente y terrorífico como para que la sorpresa se apoderara de la realidad e hiciera de ella misma una sorpresa. La realidad se hizo algo imprevisto, raro e incomprensible. Pero la realidad siempre entraña algo imprevisto, raro e incomprensible, sea la realidad del hijo que maltrata a sus padres y del niño que asesina a sus iguales, o la de los franceses que, habiéndose olvidado de lo digno, justo, equitativo y saludable que es votar, se echan las manos a la cabeza ante la amenaza de que la Francia se les ponga por montera. Lo malo, bueno o regular del asunto es que las cosas de la realidad no aprenden a estarse quietas, y la norma de lo sorprendente no se consume en la sorpresa que la produjo. Basta hacer de la sorpresa costumbre para que ésta, la costumbre, de un respingo, haga una pirueta en el aire y regrese al suelo sobre las dos, tres o cuatro patas de una nueva sorpresa. Cuando esas sorpresas reiteran no sólo sus cualidades de imprevisión, rareza e incomprensibilidad, sino tambien las relacionadas con lo desagradable y terrorífico, la vida se convierte en una ristra de sobresaltos. Primero fue un adolescente americano que empotró su avioneta contra un inmueble poco o nada relevante. El muchacho, al parecer, tenía problemas colegiales, sentimentales o de salivación. Más o menos por aquellas fechas, la defensa aérea española hizo unas pruebas en cuanto a su capacidad para atajar un ataque de características similares al perpetrado el 11 de septiembre contra Estados Unidos. Los resultados fueron como para que el contribuyente se metiera en la cama y se echara a llorar. Pero esto de que al contribuyente le entren semejantes ganas sí que no tiene nada de raro, como tampoco lo tendría que le entraran al no contribuyente. Después vino el caso del piloto, bien entrado en años y en sus peculiares razones, que lanzó la avioneta que pilotaba contra el edificio de Milán más alto y moderno, en el que tienen su asiento oficinas del comercio, la industria y el gobierno lombardo. Del piloto se sabe que era un hombre tirando a turbio, cuyos problemas financieros podían haberle alterado los nervios, cosa que, a veces, es justamente la inversa. El descontrol de los nervios y la carencia de sangre fría pueden conducir al garete cualquier tipo de negocio, sobre todo en la gama de lo financiero, que es un lugar donde el cuento de la lechera y los complejos de Edipo se muestran propensos a muy aviesos maridajes. ¿Dónde está lo peor? Si el suicida aéreo de Milán era un terrorista, la cosa pinta muy mal. Pero si era un simple desportillado de los nervios, pinta bastante peor, porque ninguno de los que no somos terroristas puede asegurar que no beberá del mal agua de los nervios, un agua imprevista, rara e incomprensible como pocas. Es sabido que hay razones de las que la razón lo ignora todo, y de esa sabiduría hecha harapo procede una actitud que ante el loco, o se muere de la risa o se encoge de hombros. También podemos suponer que un avión derribado en el espacio por el que sobrevuela una ciudad, puede acarrear unos efectos tan desastrosos como los que pretendía evitar quien lo derribó, pues los aviones suelen desplomarse en vertical. Creo que los pilotos profesionales de las Fuerzas Aéreas y de las líneas comerciales se ven sometidos a unas revisiones psicosomáticas periódicas. De ser así, la medida podría extenderse a todos los pilotos, con la regularidad que se estimara oportuna, y exigirse como examen puntual a todo el que se presentara en un aeropuerto para conducir un aeroplano. «¿Así que quiere usted volar? Pues que le vea el psiquiatra de guardia». La única incomodidad de tal medida sería la acarreada por la pérdida de tiempo. Pero para saber lo que es una pérdida de tiempo convertida en inversión de seguridad, basta con la experiencia de volar con El Al, la línea aérea de Israel, en la que los pasajeros son sometidos a un interrogatorio copioso y a un examen pormenorizado. ¿Es que Israel considera sospechosos a cuantos viajan en sus líneas aéreas? Pues puede que sí. «¿Y yo, con todos los papeles de la avioneta en regla, soy sospechoso?». «Pues quizá no, pero, ya le digo, pase usted por la garita a que le echen un vistazo».