23 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Leer el periódico es un acto solidario con el nuevo día, además de un intento desesperado de hacer verosímil la realidad. El café que suele acompañar su lectura siempre huele mejor de lo que sabe. Igual que el periódico, que también siempre promete más de lo que en realidad acaba dando. Pero, además, el periódico empieza a ser una fuente inagotable de chascos y frustraciones. En un viaje rápido por sus distintas secciones podemos salir malparados y con la moral por los suelos. A veces, nos sorprende con noticias inesperadas, como lo de Le Pen y la desaparición del mapa electoral del partido socialista. Francia, abocada a elegir entre la derecha o la más derecha todavía. Ver para creer. Otras noticias son intermitentes. Por ejemplo, la de estos banqueros de aspecto distinguido y respetable, pillados con sus alijos de millones en paraísos fiscales. El caso es dar el cante y servir de mal ejemplo. Que los mismos señores que nos cobran mezquinamente una comisión por gestionarnos el recibo de la luz puedan enviar maletas atiborradas de dinero a sus cuentas millonarias es un agravio a todos los pequeños ahorradores del país, es decir, a casi todos los españoles. Pero más lamentable aún es lo de los muertos que pueblan las páginas internacionales del periódico. Los muertos en las guerras más o menos declaradas que asolan a muchos países. No sólo se abren cada día nuevos frentes bélicos, sino que se convierten en una de las mayores causas de mortandad entre la población civil. También me entero por el periódico: en la primera guerra mundial (1914-1918), el 80% de las víctimas eran militares y el 20% civiles. Hoy los términos se han invertido. Alarmante. De la guerra entre ejércitos hemos pasado a la guerra contra civiles. Y en las guerras de ahora no muere nunca ninguno de sus causantes directos. Ni Bush, ni Sharon, ni Bin Laden, ni el Mulá Omar, ni Sadam Hussein, ni Milosevic... En su lugar, miles de ciudadanos lo hacen diariamente, descuartizados por la bomba o por el cañonazo. No sólo hay que declararle la guerra a las guerras, sino a los que nos meten en ellas. Ante el café caliente de esta mañana, uno recuerda casi con nostalgia la lectura pública del periódico en el internado de su primera adolescencia: mientras comíamos en silencio, un compañero leía las noticias que ya habían sido previamente seleccionadas por un cura. Allí no había sorpresas ni nada parecido. Y los buenos eran buenos y los malos, malos. Y a cada lado de la raya, siempre los mismos. Para que no hubiera confusiones. ¡Lo que sabían aquellos curas!