EDUARDO CHAMORRO
17 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Todos tenemos nuestras simpatías y antipatías, unas más o menos intelectuales y otras más o menos frenéticas (por proceder de las vísceras a las que los griegos llamaban frenes ). Lo que no es tan de recibo es que semejantes pasiones ¿cuya carencia sería, probablemente, inhumana¿ dispongan a su albedrío despótico del propósito y destino del análisis que hacemos de las cosas. Y dado el cariz de las cosas en Israel, que es malo y con más garantías de ir a peor que a mejor en cualquiera de los plazos, las preguntas son dos: ¿Puede acabar con el terrorismo suicida la política de guerra aplicada por Ariel Sharon? ¿Tiene Ariel Sharon otra alternativa contra el terrorismo que no sea la que está aplicando o la de acatar y dar por buenos los designios de las diversas organizaciones terroristas que animan el anhelo de los suicidas? Hacer preguntas es la cosa más fácil del mundo; es, también, la más barata. Los niños crecen haciéndolas. Basta con tener los ojos abiertos, ciertas ganas de juerga y no demasiadas cosas en las que creer a pies juntillas. Incluso hay gente ¿no sé si afortunada¿ que consigue hacerse mayor e incluso pasar por adulta sin dejar de hacer preguntas. Las respuestas son muy otro asunto. Esas dos preguntas planteadas coinciden en la respuesta, que es un no tembloroso y con no poca angustia para cualquiera que observe el panorama con un mínimo de rigor. Colin Powell anda buscando un planteamiento que abra el camino a las negociaciones, y de sus lacónicas declaraciones al respecto se puede inferir una crítica adversa al argumento defensivo de Sharon y un comentario favorable a la política de Arafat: la creación y consolidación del Estado Palestino. Cualquier negociación entre Israel y la Autoridad Palestina comenzaría y terminaría en lo que se acordara en relación con Israel y el Estado que derivara de la Autoridad Palestina, relación entrañada ¿como punto de partida¿ en las fronteras respectivas y en la seguridad mutua y recíproca entre los concernidos. Pero eso nada tiene que ver con el terrorismo de Hamas, Yihad Islámica, el Frente Popular para la Liberación de Palestina y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, cuyo propósito no es otro que la destrucción del Estado de Israel. Para cualquiera de estas organizaciones, Arafat no pasa de ser un símbolo con el grosor de una calcomanía cuya desaparición a manos israelíes les vendría estupendamente. En ese sentido, cualquiera de las organizaciones terroristas y sus suicidas están más cerca de Bin Laden que de Arafat, se mire como se mire. ¿Quién dirige la alianza EE UU-Israel?, se preguntaba hace unos días Robert Fisk, columnista de The Independent . A la vista del atentado suicida perpetrado ante las narices de Powell, cabe preguntarse: ¿quién tiene la iniciativa en la zona? Si la respuesta no es Arafat, y, desde luego, no lo es, ¿cuál habría de ser el peliagudo contexto en el que plantear cualquier negociación con Arafat? Tanto Arafat como Sharon saben que en esa hipotética negociación tienen algo que ganar y algo que perder o que entregar o ceder. Y si no lo saben, cuentan con quienes se lo hagan saber. Pero para el terrorismo suicida y para la perversa asimetría que es toda su política ¿si no su ideología¿, ganar consiste, simplemente, en no perder. ¿Hay algo o alguien capaz de sacarle de semejante autismo? ¿Hasta qué punto está abierto el margen para los participantes en una negociación cuyo argumento sea el futuro de Israel y Palestina? Supuesta la certidumbre de que Arafat y Sharon tienen la primera palabra, ¿se sabe de quién depende la última? Ya lo dije, hacer preguntas es de lo más fácil del mundo.