JOSÉ A. PONTE FAR
16 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Históricamente, en Ferrol hubo siempre dos núcleos sociológicos bien definidos, con señas de identidad propias, en lo social y en lo político. Distintos, pero complementarios, aunque sólo sea en ocasiones puntuales. Por un lado, el núcleo con raíces en el mundo de la Marina, que siempre tuvo poder en una ciudad concebida como cabeza visible de un Departamento marítimo. Hay familias ferrolanas con marinos en sus filas desde siempre y con un prestigio generacional merecido. Gente respetable y respetada en la ciudad. Por otro, está el núcleo obrero, representado por el de los Astilleros, que tuvo un papel destacadísimo en el progreso social y político, no sólo de la ciudad, sino de Galicia y aun de España. Como en el caso anterior, en el mundo laboral hay también familias con una histórica tradición sindical. Son gente activa, emprendedora, y posiblemente la clase obrera más culta del país. Y es que en Ferrol, ya con la ley Moyano (1857), hubo más escuelas públicas, por ejemplo, que en A Coruña. Y desde 1881, una Escuela de Artes y Oficios de probada competencia. Y una Escuela Obrera de la Construcción Naval que dejó huella. Y un Centro Obrero con una biblioteca de la que presumieron Rubia Barcia y Torrente Ballester. Como dos ciudades en una, no viven de espaldas ni enfrentadas, sino que conviven con respeto y con inteligencia. Es decir, no se mezclan en sus afanes diarios, ni en afinidades y tiempos de ocio, pero, cuando es necesario, coinciden sin reparos. Sólo así se explica que entre unos y otros, con el buen hacer de todos, en Ferrol se sigan construyendo unos barcos y artefactos marítimos con la tecnología más avanzada. Por lo anterior deducimos que el hecho de que la estatua ecuestre de Franco sea retirada de la plaza de España no debe generar ningún conflicto entre los ferrolanos. Se retira, en cumplimiento de un acuerdo mayoritario del Pleno Municipal, para remodelar la plaza y construir un aparcamiento subterráneo. Argumentos urbanísticos e informes técnicos son la primera causa del traslado. La segunda es de otra índole, pero no de menos importancia y calado: hay conciudadanos que han sufrido en sus carnes o en la de algunos de sus familiares dolor y cárcel por el Régimen que Franco instauró y presidió. Por lo tanto, si la presencia de la estatua sigue provocando algún tipo de sufrimiento a algún vecino, ¿por qué empeñarnos en que siga causándoselo? Ésta me parece la razón más contundente por su alcance ético y cívico. Que la estatua no esté donde estuvo durante años no hace daño a nadie, aunque algunos la echen en falta. En cambio, que la estatua de Franco siga en su sitio ocasiona algún tipo de malestar psicológico a algunos ferrolanos, por razones dolorosas que no hace falta explicar. Y son bastantes los afectados, con nombres y apellidos que conocemos, tan respetables como los de quienes quieren que el general siga en su sitio. Cuestión, pues, de respeto y civismo. Se impondrá la cordura y la lógica en una ciudad que nace con la Ilustración y que ella misma es ilustrada. Y que, además, sabe muy bien que los tiempos avanzan hacia delante, es decir, hacia la tolerancia y hacia la convivencia pacífica.