CARLOS G. REIGOSA
16 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La truculencia de algunos argumentos con que se justificó el golpe de Estado contra el venezolano Hugo Chávez fue, cuando menos, sorprendente y preocupante. Los nuevos amos de la situación decían venir a llenar el vacío de poder dejado por la dimisión del presidente elegido democráticamente. ¡Como si éste hubiera manifestado el menor deseo de dimitir! Mientras, dirigentes políticos y grandes medios de comunicación del mundo nos recordaban el caso de Fujimori para que supiésemos por donde encaminar nuestras reflexiones. Muchos se columpiaron en esta tela de araña. Dios me libre de reivindicar la figura de Chávez como un valor político. Cometió casi todos los errores que cabían en su agenda, y su voluntad de caudillismo es una desgracia para Venezuela. Pero cualquier demócrata preferirá sin duda su desalojo del poder mediante las urnas. Se dio un golpe de Estado de los de nuevo cuño y guante blanco que no tenía otra justificación que la resistencia a los usos políticos totalitarios del presidente. Las otras referencias a la legalidad y a la legitimidad democráticas ya se ve para lo que han servido: para engordar más al caudillo bolivariano. De momento.