SAVATER ON BORGES


Quizás, a fuer de entregado lector, no soy yo crítico objetivo de Fernando Savater, y, me temo, tampoco él lo sea de Borges. Mejor así. Porque, para fortuna nuestra, el desprejuiciado contagio del maestro porteño que Savater transmite en Jorge Luis Borges , biografía de reciente factura, opera cual discreto estímulo que alienta, en esta época en la que ya no leen ni los correctores, a volver a frecuentar la compañía del inmarcesible autor de El inmortal , aunque, quien aquí reseño, ha escogido como nave almirante de la flota borgiana Las ruinas circulares , de impecable singladura en un decurso zigzagueante. A punto viene subrayar que la jerarquía establecida por Savater ¿trátese de poesía, narración o ensayo¿ no pretende influir a nadie para que la adopte como propia, en cuanto evita, con infinito pudor, la violación del íntimo jardín de las preferencias personales que cada uno haya podido cultivar durante la curiosa mocedad o en la escéptica madurez, y, todo lo más, se atreve a insinuar bajo tres veladuras sus propias inclinaciones. Porque, lo que viene a decir Savater es que le ha gustado mucho El Aleph , pongamos por caso, pero que le gusta mucho todo lo que escribe Borges y bien pudiera darse que, en la mañana de hoy, Funes el memorioso goce de mayor predilección. En este sentido, no es asunto de menor cuantía que embridase los sobrados recursos de que dispone al excluir el allegamiento de méritos mediante la exhibición de una pedante erudición ¿fácilmente a su alcance, dada la abundancia de bibliografía disponible¿ ni que renunciara conscientemente a focalizar sobre el biógrafo la admiración que corresponde al biografiado: puede tener el enfoque fernandino otros defectos pero no este. Le reprocho, sin atenuante alguno, que sucumba frente al insidioso terrorismo intelectual feminista, al catalogar de misógino el cuento La intrusa , porque, de universalizarse la lista de agravios, habría que endosarle asimismo el epíteto de machista a Shakespeare, por Romeo y Julieta ; el de nazi a Nietzsche; el de homófobo a Quevedo; el de reaccionario a Claudel; el de pornógrafo a Henry Miller; etc. Ahora bien, la presentación del carrusel borgiano es tan elegante y se expone con tan natural buen juicio que yo, por ejemplo, no me siento en absoluto molesto ni acomplejado cuando sugiere criterios que no son los míos, entre otras razones porque el estilo de Savater es perfectamente diáfano, preciso y certeramente acordado con lo que quiere decir. Virtudes, especialmente el atinado juicio, que, dicho sea de paso y en susurrada acotación, lo han hecho acreedor del culto interés de los reflexivos Guerrilleros de Setién-Rei, tan apasionados y entregados a la causa de la lectura que se dedican a pegar carteles con la cara de Savater, San Sebas adelante; eso sí: enmarcada en una diana. No debe ser casualidad que, a su vez, Borges considerara al IRA un conventillo de meapilas rencorosos. Sin pretender enmendarle la plana, tengo mis dudas, empero, respecto a la valía poética de Borges, extraordinario cuentista y discutible sonetista. Sin embargo, sujetado por la lucidez que le impide entregarse en ñoña y babeante admiración ¿sólo reservada, supongo, para Sabino Arana¿ justifica Savater esa faceta atribuyéndola a la ceguera de Borges pues el modus operandi de conferenciante ¿¿o sería su modus vivendi ?¿ se simplificaba al memorizar las consonancias, siempre más fáciles de retener que la prosa y el verso libre. En fin, el homenaje de apoyada fidelidad, plasmado en un español digno del mejor estilo borgiano y por ráfagas superior, escapa de todo tipo de cotilleos y sí deja constancia que para él, lector tempranero, aún sigue ahí su Borges, a pesar (o por mor) de los desastres que sobre la virginidad de la manipulable alma de cultos europeos provocaron, ya creciditos, las devastadoras lecturas de Robbe-Grillet y Kafka que, como el lector con amplias y selectas lecturas sabe, plagiaba el estilo de los atestados policiales de la comisaría central de Praga. No es de extrañar, por tanto, que Borges pensara, y pensaba justo, que «al jocundo Chesterton le subyace un espanto mayor que al opresivo Kafka». Así es la escritura de imprevisible: también a mí me aflora un placer casi mayor al leer a Savater que a Borges.

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