FERNANDO ONEGA
10 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Álvarez Cascos acudió ayer al Senado con una misión imposible: justificar el precio de la vivienda en España. Armado de valor, se presentó en la Cámara Alta a recibir venablos. La oposición le preguntó cómo era posible que la vivienda hubiera subido seis veces más que en el resto de Europa, según publicó una revista extranjera. Y el señor ministro respondió con datos de otra revista, que demuestran lo que conviene al Gobierno: que no es tan fiero el inmueble como lo pintan. Y ahí quedó la cosa, como de costumbre. Tú preguntas lo que quieres, y yo respondo lo que conviene. Mañana, más. Pero hay que echar alguna bronca. A la oposición, por preguntar sobre la información de un medio informativo. ¿Qué ocurre? ¿Qué ningún señor diputado o senador tiene noticia directa de por dónde anda el precio de los pisos? ¿No tienen hijos, primos o cuñados que les cuenten cómo está el mercado? ¿De verdad necesitan que una publicación les abra los ojos y les inspire una pregunta parlamentaria? En cuanto al Gobierno, señor Cascos, no disimulen. El aumento de precio podrá haber sido menor. Habrá zonas donde todavía se puede comprar algo con un salario medio. Hay barriadas en que se anuncian gangas y casas de derribo que se ofrecen como chollos. Pero la política de vivienda ha sido un fracaso con el PSOE, y es un fracaso con el PP. Tengan la culpa los ayuntamientos, los ladrillos o el cemento, el derecho constitucional a una vivienda digna ha quedado reservado a minorías. Por eso los hijos se quedan dando la murga a sus padres durante tantos años. Algunos, de por vida. En la ciudad donde vivo hay zonas donde parece que construyen con piedras preciosas: se ha superado el millón de pesetas por metro. En el resto, un salario medio queda atado al banco de la hipoteca por veinte o treinta años. Y no hay alquileres porque quien quiera sacar un cinco por ciento a una vivienda, no encontrará un inquilino. Se invierte para especular; esperando que dentro de veinte años haya subido otro 600 por ciento. Y así vamos. Lo cabreante es que la clase política se ponga a discutir sobre esa evidencia porque lo publica una revista. Y además, extranjera.