EUROPA, MÁS Y MÁS DEPRISA

La Voz

OPINIÓN

La lucha planetaria que Estados Unidos ha emprendido contra el terrorismo desde los atentados del 11 de septiembre del pasado año está evidenciando el distanciamiento cada vez mayor entre Europa y Estados Unidos, hasta convertirlo en un abismo por el que parece posible que se despeñe el más débil. A los europeos no les gusta la dureza de Bush en política internacional y a Bush tampoco la tibieza de los primeros en la lucha contra el terrorismo. El presidente norteamericano centra toda su política exterior en esa batalla y para ello no regatea gastos en inteligencia y en armamento militar. Los europeos, por el contrario, no están dispuestos a emplear en defensa ni la décima parte que dedica Estados Unidos y mucho menos a aplicar a los terroristas los expeditivos métodos estadounidenses, para quienes el terrorismo se tiene que combatir con la misma determinación con la que se afrontó la guerra contra el nazismo o el comunismo. A juicio de Nicole Gnesotto y Philipe Gordon, dos notables expertos en política internacional, «si los europeos rehúsan aceptar que la guerra al terrorismo requiere potencia militar, lo único que conseguirán será empujar aún más a los Estados Unidos a actuar por su cuenta». Y con palabras parecidas se ha pronunciado el presidente del Comité para Asuntos Europeos del Parlamento alemán, Friedberg Pfüger: «Da la impresión de que muchos líderes europeos estaban durmiendo el 11 de septiembre». La disparidad de criterios llega cuando Europa se encuentra dividida entre opciones bien distintas. Mientras Francia y Alemania, su eje histórico, manifiestan que su prioridad es la construcción europea, España, Italia y Gran Bretaña, esta última por razones históricas y las dos primeras por motivos internos, son más propicias a atender los requerimientos del presidente Bush. Francia y Alemania están inmersas en procesos electorales internos en donde los problemas domésticos importan más que los continentales y en ambas se carece de una opinión pública europea ¿al igual que en el resto de países de la Unión¿ que pueda influir en las políticas europeas o en las elecciones de algún país miembro. La opinión pública en Europa tiene un carácter marcadamente nacional y de ahí que las elecciones nacionales se decidan en función de los parámetros del país y no de los de la Unión Europea. Urge avanzar en la creación de una opinión pública europea que fomente en Europa una mayor autonomía de decisión y para que ésta sea creíble hay que avanzar deprisa en una defensa común fuerte y en una política exterior que defienda los intereses de Europa por encima de los particulares de cada uno de los países que la integran. Y con la ampliación estas necesidades se hacen más evidentes.