MANUEL CARVALHO Subdirector de «Público» en Oporto
31 mar 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Durante más de una década, Portugal se miró en el espejo de Europa, en el que siempre quiso verse reflejado, y éste sólo le devolvió imágenes de euforia y de esperanza. Eran los tiempos del «buen alumno europeo», del crecimiento económico por encima de la media, de la revolución de las infraestructuras, de la exhibición plena de una nueva generación capaz de encerrar en el baúl de la historia la imagen de un país pobre, periférico y analfabeto. Fue con ese estado de ánimo con el que las familias se endeudaron, con el que el Estado pudo engordar hasta el límite de la dolencia crónica, fue ese el caldo de cultivo en el que germinó el acomodamiento y las irresponsabilidades colectivas. En los primeros meses del año 2000 aparecieron síntomas que anunciaban un país diferente, real, otra vez frágil, pobre y dependiente, otra vez sumergido en las dudas y en su cíclica falta de confianza. Se habló entonces de la necesidad de revisar el modelo de crecimiento, se insistió en el peligro de mantener una balanza comercial altamente deficitaria que probaba que los portugueses estaban viviendo muy por encima de sus posibilidades; se consideró incluso urgente controlar el tejido económico y saber por qué, a pesar de todas las ayudas europeas, Portugal seguía a la cola de productividad, de inversión en tecnología, en innovación y en todos los indicadores que revelan la modernidad de un país. Terminado el sueño, se descubrió el verdadero estado de la nación: otra vez divergiendo de la Europa rica y enfrentándose a un esfuerzo hercúleo para cumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Frustrados, los portugueses sintieron que no podían confiar más en el Gobierno socialista con el que habían compartido ilusiones y se entregaron al programa de centro-derecha del PSD. Pero lo hicieron con reservas; la diferencia de votos (2,15%) entre los dos grandes partidos portugueses muestra que la mayoría no vislumbró en las últimas elecciones una alternativa clara, sino sólo un mal menor. Ya superadas las elecciones, ahora que se diseña para el poder una coalición gubernamental entre el centro-derecha de Durão Barroso y la derecha populista de Paulo Portas, la mayoría de los portugueses reza para que haya estabilidad. Intentan creer y soñar de nuevo en su capacidad de perseguir el objetivo económico, social y cultural de Europa.