PERDIMOS A DON BELTRÁN

La Voz

OPINIÓN

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

27 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuentan que Merimée solía motejar a Stendhal de tipo gordo, con patillas horteras y cabeza ¿decía¿ «como de carnicero de barrio bajo». Y que éste decía, por su parte, que el músico era un tipejo bajito, cuya enorme nariz tenía el mérito de disimular la fealdad horrible de sus ojos. Ya se ve que ni uno ni otro, centrados en la bulla ligera de tales lindezas personales, iban a la sustancia de las cosas, como sería por ejemplo criticarse respectivamente la Carmen y la Cartuja . Estos días, en las comparecencias en el Congreso, las palabras de nuestras señorías tienen mucho de aquella actitud. Y no lo digo por los chistes fáciles, las subidas de tono y los retruécanos más o menos ingeniosos, ya que el Parlamento no ha de ser siempre tan adusto, y no está mal que los diputados se aticen de vez en cuando zurriagazos verbales. Lo digo por los insultos, mascullados unos, bien claros otros. Su sonoridad oculta las posiciones de fondo en las cuestiones, si es que existen, y así nos perdemos en la refriega. ¿Recuerdan aquella vieja historia del refranero castellano, que relata lo que pasó con Don Beltrán al final de la batalla? Sí, aquella que termina: «...y entre tanta polvareda, perdimos a Don Beltrán». Pues, tal cual.