ERNESTO S. POMBO
19 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Safiya Husaini ha tenido suerte. Le han prolongado la agonía hasta el próximo lunes. Pero muy bien podría no haberle tocado la lotería y a estas horas lamentaríamos tener una nueva víctima por lapidación. Safiya ha salvado la vida, por el momento. Pero otros miles de mujeres no han tenido ni van a tener tanta suerte. Mueren porque «está escrito» y «es la ley de Alá». En un tiempo no muy lejano, en España también los demócratas se jugaban la vida en función del sabor del café que se tomaba el generalísimo. Franco acostumbraba a firmar las penas de muerte disfrutando del placer de la sobremesa y de una buena taza de moca. Y, según como viniese de azucarado el café, hacía o no caso a las peticiones de clemencia. En Nigeria la situación no parece ser muy diferente. Pueden ceder ante la presión internacional y salvar la vida de una mujer condenada por adulterio. Pero pueden no hacerlo. Y entonces escribiremos miles de artículos de condena, recogeremos millones de firmas y escucharemos brillantes declaraciones. Es lo habitual. Mientras, haremos tiempo hasta que surja otra Safiya, en cualquier rincón del mundo. Y vuelta a empezar. La solución, con ser difícil, es más seria que todo esto. Los países libres no están actuando con la contundencia y el rigor necesarios. Casos como los de Safiya dejarán de horrorizarnos cuando las sociedades desarrolladas dejen de tener una tolerancia tan desmedida con quienes cometen estas acciones en nombre de Alá. Y bien estaría que empezáramos por afrontar los problemas que Alá, y los muchos alás, nos causan. No hay religión que pueda justificar situaciones como la de esta adúltera solitaria, porque su pareja está libre de toda culpa. Hace sólo unos días, el escritor Antonio Gala aseguraba que «ha llegado la hora de la mujer, y el siglo XXI o es el de la mujer, o no es nada». Pues, o nos ponemos serios, o a lo peor, no es nada.