LAS NUECES VACÍAS

OPINIÓN

19 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Ya escribí en este periódico tantos artículos en torno al feísmo, que me resisto a volver sobre el tema; lo cual, por otra parte, ya no es necesario porque hoy es lugar común. El despertar de la sensibilidad profesional y popular ¿y también de los políticos locales¿ es ya un gran paso. El camino está iniciado, ya discurre y se amplía en todas direcciones, aunque a veces dibuje ¿tenga que dibujar¿ sinuosos trazados. Muchos se asoman al camino, otros se paran ante él, algunos pocos se agolpan, y casi todos miran hacia allí complacidos, satisfechos, buscando incluso nuevas oportunidades. Una vez más vuelven a ser certeros los cantares de Antonio Machado, porque también en esto «se hace camino al andar», y ojalá también se haga realidad lo que el poema añadía: «al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar». Yo por el momento, no veo aún esa senda. Queda mucho, sin duda, por hacer. Pero tanto como el feísmo paisajístico o arquitectónico ¿que no deja de ser superficial¿ me preocupa la verdad que se esconde detrás. Sinceramente, me preocupa más. Hay, por eso, una cierta denuncia farisaica de un feísmo que sólo se queda en la superficie, en lo aparente, en lo visible de las realidades. El verdadero feísmo ¿y no siempre oculto¿, el feísmo más grave, es el atraso, la ignorancia, la pobreza. Y esos son muchas veces ¿las más diría¿ las raíces del otro. No nos quedemos en la apariencia, en las formas, en la imagen. Sería un tributo demasiado costoso si también en esto nos dejásemos llevar por uno de esos males que caracterizan ¿que aquejan¿ a la sociedad actual. Una lectura superficial, de apariencias, de formas, que encubre, empobrece y arruina nuestras relaciones personales y sociales, nuestras valoraciones del éxito profesional, nuestra aceptación del discurso político. Una cierta estética viscontiana plena de armonía y belleza serena; pero el director italiano utilizaba las formas para denunciar el fondo, o al menos para poner de manifiesto las contradicciones, los problemas, los pesares, las hipocresías. Como también Machado escribió: «El casca¿nueces¿vacías, colón de cien vanidades, vive de superchería que vende como verdades». Y viene esto a cuenta porque no hace mucho, al pasar por otro territorio, con las casas bien pintadas, incluso armoniosamente pintadas, conversé con uno de los propietarios para saber cuál era la razón de aquel hermoso y bien pintado aspecto de sus casas. Se trataba de una subvención a la pintura condicionada al uso de un determinado color, preestablecido por un equipo de arquitectos, así como de sus combinaciones para marcos, puertas, ventanas y paredes. El verdadero feismo El exterior era, en efecto, hermoso. Pero el paisano me invitó a entrar. Y allí dentro asomó el paro familiar, la desesperanza, la renta subvencionada, la suciedad, la vida precaria del interior. El verdadero feísmo. No podemos quedarnos en el maquillaje de nuestros centros históricos, de nuestras casas rurales, de nuestras construcciones de mal gusto. Es preciso no pensar en «nueces vacías» porque las casas están habitadas, aunque también, cada vez menos. Recuerdo aquellas expresivas ¿como todas las suyas¿ a la vez que esperpénticas ¿también como todas¿ descripciones de nuestro Valle-Inclán: «en la cocina, terreña y a tejavana, ahuma el pabilo sainoso del candil, y las gallinas se acogen bajo la piedra morna de los llares... Al borde de los tejados maduran las calabazas verdigualdas, y suenan al pie de los hórreos las cadenas de los perros. A la caída de la tarde... salen de la iglesia las últimas mujerucas...».Una imagen evocadora, literariamente hermosa sí, pero esperpéntica. Aunque no hubiera feísmo por fuera, la realidad interior era la que era, y así aún sigue siendo en ciertos casos. Una transposición de una frase del escritor arousano pone fin a esta forzada cita, y es ésta: «casca la avellana, dinos lo que hay dentro». La búsqueda real del verdadero problema me lleva, una vez más, a la importancia de unir el feísmo al desarrollo: los recursos de nuestras comarcas ¿el principal es el hombre¿ unos potenciales ociosos, pero ambos exponentes de ausencia de modernización. Eso ¿la ausencia de desarrollo¿ es el verdadero feísmo. Lo otro es sólo su apariencia. Amigo, «casca la avellana...».