ANTONIO-CARLOS PEREIRA MENAUT (Profesor titular de la Universidad de Santiago)
17 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La paz reinó en Santiago de Compostela durante la reunión de los ministros europeos. Enhorabuena, señor Aznar. Pero, la verdad, la receta no era tan difícil. Primero se dice: «Cuidado, lo de Génova fue una broma en comparación con lo que se viene encima». Después se ocupa la ciudad literalmente como si estuviéramos en una guerra: doble de policías que de manifestantes, restricciones de paso, a veces ridículas; controles, más controles, policías en furgonetas, en motos, en caballos; helicópteros con ominosos focos de gran hermano que vigila. Después nos condecoramos a nosotros mismos con la medalla de la autocomplacencia: «Gracias a la firmeza de este Gobierno, no ha pasado nada». Como si alguna vez hubiera habido alguna posibilidad de que pasara algo serio, en una ciudad y una comunidad autónoma que son las más pacíficas del mundo y en las cuales, para encontrar víctimas mortales de la violencia política, hay que remontarse muy atrás. Como si la reunión de Génova y esta reunión de ministros europeos fueran lo mismo; siendo, como eran, distintas por la importancia, por las personas que se reunían y por los temas a tratar. Como si los anti-globalización se hubieran realmente confabulado para hacer algo serio en Santiago en esta ocasión. Reflexionemos. Lo peor es la conformidad de parte de la opinión pública. En la LOU, en la ley del tráfico y en otras políticas se percibe como un ramalazo de gusto por la imposición, el trágala, la desconfianza (hacia todo conductor, por ejemplo, exceptuando sus veloces chóferes), el control. Les encanta controlar: poner bajo control las universidades, el tráfico, ahora las comunidades autónomas; controlar aunque sea al lucero del alba. ¿Será cierto lo del franquismo visceral que está esperando la ocasión? Y mucha gente tan contenta: mientras pongan «Operación Triunfo», lo esencial está a salvo, y siempre nos suministrarán material para el telediario la violencia doméstica, los argentinos y Oriente Próximo. Por cierto, decía Franco que los españoles son fáciles de gobernar; a ver si va a resultar que era verdad. ¿Será cierto lo de Ortega, el gozo de la sumisión, masa con masa, codo con codo, lana contra lana? Mientras la cultura del government by consent no sustituya a la del rule by fiat, no seremos el fabuloso modelo mundial de democracia y descentralización que dicen que somos. El asunto bien merece una reflexión, porque después de tanto triunfalismo y tanto mirarse al ombligo rojo-amarillo-rojo, parece que ciertos aspectos tradicionales de la cultura política española siguen vivos, y que si un gobierno puede mandar, manda. Se cumple así lo que decía Montesquieu: cuidado con el poder, porque si no se le impide, va hasta que encuentra límites. Tener sanidad o educación gratis está muy bien, nadie lo niega, pero sin olvidar que ser gobernado es ser controlado, reglamentado, vigilado y sancionado, y que el presidente del Gobierno -ni éste, ni el anterior, ni el próximo- no es san Francisco de Asís ni la madre Teresa de Calcuta. Y la moderna tecnología permite unas posibilidades de control sobre las personas a cuyo lado Gengis Khan sería un pigmeo, pues «todo nuevo poder del hombre es también un nuevo poder sobre el hombre».