Cuando la cumbre europea se celebró en Génova, los españoles sólo estuvimos bien informados de la cantidad de manifestantes y policías que había, de cuáles eran las claves del movimiento antiglobalización, de la suspensión temporal del convenio de Schengen, y de que el centro de la ciudad era un búnker. Quizá por eso, para devolvernos la moneda, los periódicos italianos sólo hablan de la cumbre de Barcelona para decir cuántos policias la protegen, que Schengen está en suspenso, y que la policía de fronteras requisa los bates de béisbol a los turistas antiglobalización. Y eso, se mire por donde se mire, es uno de los grandes fracasos de la Unión Europea, que desde hace algunos años sólo se deja ver a través de estos monstruosos e irracionales despliegues. A veces, Dios me perdone, da la sensación de que los dirigentes disfrutan con esto, y que cuanto más duro es el cordón policial que los protege, más satisfacción sienten al ordenarlo y más históricos se consideran al cruzarlo delante de las cámaras de televisión. Lo demás se hace para consumo interno, y, mientras ustedes tienen la sensación de que Aznar es el rey del mambo y de que todo el mundo vive pendiente de sus gafas, aquí ni siquiera le mencionan, y reducen el verdadero debate de Europa a los cuatro escenarios de siempre: Berlín, París, Londres y Roma. Claro que no puede haber una cumbre de verdad ¿estilo Maastricht o Niza¿ cada seis meses. Pero, mientras los turnos presidenciales se mantengan, y sean como una corona de miss Europa que cada gobernante se ciñe ante sus ciudadanos, estamos obligados a proteger estos eventos con un serio discurso sobre Europa, que sirva para acercarnos a ella y no para alejarnos, y que nos llegue sin el tinte partidista y gubernamental que enrarece la atmósfera de estos festivales de policías, sirenas y gases lacrimógenos. Por si esto fuese poco, la cumbre de Barcelona coincide con el ecuador de la segunda y más triunfal legislatura de Aznar, que ya parece decidido a trabajar sólo para la historia, y dejar las cosas pequeñas a sus adláteres. Y por eso se mezclan sus grandes proclamas sobre la Europa del futuro, que él mismo parece haber inventado, con estas otras cositas que, como la política educativa, la fiscalidad o la reforma de la función pública, van cayendo sobre nosotros como lluvia de abril y sol de mayo, para calar la tierra y garantizar la cosecha de un siglo. Mientras en el centro de Europa se vive un precioso debate sobre el inminente e inexorable futuro, a nosotros se nos va todo el fuelle en un concierto para bombo y platillos ¿¡chin, pum, patachín, chan!¿ que parece interminable e in crescendo. Y así será, sin remedio, hasta que llegue el verano y cambiemos de miss.