DE LO QUE SE HACE EN BRUSELAS

La Voz

OPINIÓN

Sea como sea y sin que caigamos demasiado en la cuenta, el hecho es que nos están preparando una Constitución europea, cosa digna de consideración aunque sólo sea porque ese documento será con el que se nos tomarán y aplicarán medidas. Siendo así, convendría saber a qué atenerse o, por lo menos, contemplar con una cierta atención lo que hacen y dejan de hacer los ciento cinco ciudadanos europeos reunidos en Bruselas en representación de los gobiernos y los parlamentos de 28 países, la Comisión Europea y la Eurocámara. Las constituciones son la expresión, en un lugar y tiempo concretos, de una buena voluntad referida a los más altos ideales. En esa dimensión tan bienintencionada, y sea cual sea la dosis de grandilocuencia inseparable de lo que es la espectacularidad espiritual de este tipo de fenómenos, las constituciones suelen ser buenas, al igual que suelen dejan de serlo. Por eso, la bondad de una constitución ¿su cercanía a los ideales que proclama y de los que se presenta como la mejor herramienta política¿ también radica en los mecanismos de los que se provea para pasar a ser otra. Esta suerte de plasticidad asumida puede ser fundamental a la hora de encauzar la dinámica de un artefacto político del que, en realidad, todavía desconocemos cual será su modelo final o más ultimo. Irlanda, por ejemplo, es un país que muestra con bastante elocuencia lo complejo ¿incluso lo psicológicamente complejo¿ del desarrollo de la invención europea hacia su mejor término. Una magnífica y muy oportuna serie de reportajes en La Voz de Galicia ha sabido mostrar lo bien que lo están haciendo los irlandeses. Pero resulta que los irlandeses han votado contra el Tratado de Niza, que no es sino el intento de articular de la mejor manera posible la expansión de la Unión Europea con la inclusión de unas naciones del Este cuya característica general es que son más pobres que la media de las ya unidas. Lo que quiere decir que los irlandeses abrigan bastantes dudas en cuanto a que se predique con su ejemplo, sobre todo en la medida en que eso les acarrearía compartir los beneficios de sus propios méritos. Los irlandeses saben bien que la caridad bien entendida comienza por uno mismo, y ahí es donde les gustaría que acabara. Es el pragmatismo de quien ha pasado hambre, y el producto de una experiencia que conviene no tomar a beneficio de inventario. La incorporación prevista de esas naciones a la Unión Europea plantea ¿asimismo, entre otras cosas y como es lógico¿ el problema comparativo, en principio, de otorgar voz y voto a estados con menor dimensión y envergadura económica que varias regiones autónomas sin voz en la Unión y, desde luego, sin voto, por amplia y profunda que sea su capacidad para legislar de sus puertas adentro. Sobre esto truena Fraga desde su Monte do Gozo, y a su alrededor se trenzan no pocas razones de una y otra índole. Algunos comentaristas se han referido a la reunión constitucional de Bruselas mencionando a quienes en 1787 elaboraron la Constitución de los Estados Unidos de América. Hecha la mención, quizá convenga recordar un par de cosas al respecto. Una: que el presidente de la reunión de Bruselas es Giscard d¿Estaign, hombre que pierde el poco color que le queda en comparación con George Washington, presidente de la Convención americana. Otra es que Benjamin Franklin, con ochenta y un años, impuso su sentido común en los pasillos de la Convención y no en sus debates. Y, por último, las palabras de John Dickinson, representante de Pennsylvania: «Intentemos trabajar a partir de lo que sabemos por experiencia. La razón puede equivocar nuestros pasos».