¡Qué día nos han dado gobierno y oposición! Desde que habló Aznar hasta que terminó Zapatero, hubo que hacer una pregunta: ¿hablarán estos señores del mismo país? Y, si hablan del mismo país, ¿estarán juzgando el mismo periodo? Oficialmente, sí: hablaban de eso que llaman «el ecuador de la Legislatura». Pero en lo demás, todos los portavoces se convirtieron en portacoces y vieron un paisaje distinto. ¿Que el gobierno dice que es dialogante y ha pactado más que nadie en toda la historia? Pues aparece Jesús Caldera y le llama (a ese mismo gobierno) «intolerante y autoritario». ¿Que el PP presume de reformista, «de centro reformista», y enumera sus reformas? Pues rápidamente asoma el mismo Caldera y denuncia que el PP no hizo «ni una reforma que mejore la calidad de la democracia». Esto es lo que con Franco se llamaba «contraste de pareceres y divergencia de criterios». Lo bueno es que todos hemos aceptado que sea así, porque parece que el gobierno tiene que ensalzarlo todo, y la oposición debe negarlo todo, oponerse a todo y condenarlo todo. Al adversario político, ni agua. Sobre tan honestas posiciones, el pueblo va formando su opinión y decidiendo su voto. Apartado el grano de la paja, creo que es innegable que el PP lo hizo razonablemente bien estos años. Supo administrar, y le salieron todos los números. Fue prudente, y no provocó grandes conflictos. Supo dialogar, y firmó pactos que han contribuido a la estabilidad. Tuvo valor, y se atrevió a desafíos como el Plan Hidrológico. Y ahora, ahí me tienen a Aznar: convertido en un europeísta que le dice al viejo Continente por dónde hay que ir. ¿Qué ha fallado, en un panorama tan positivo, casi tan idílico? Que el Gobierno se lo ha creído demasiado. No comete ningún fallo. No tiene, en consecuencia, nada que corregir. Quienes se equivocan son, sistemáticamente, los demás, llámense socialistas o nacionalistas. Aznar les echa la bronca en cada rueda de prensa. Parece que todos le tienen que obedecer. Ignoro si eso es, como dice Caldera, «intolerancia». Pero empiezan a caer en la soberbia. Y eso, según el viejo catecismo católico, también es pecado. Y creo que mortal.