ROBERTO L.BLANCO VALDÉS
13 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.¿Se acuerdan de Deep Blue? No, claro, no se acuerdan. Tampoco yo retenía el nombre de aquel macroordenador que logró ganarle al ajedrez a Gary Kasparov, hasta que leí anteayer en un diario que los japoneses habían fabricado un nuevo ingenio capaz de realizar cuarenta billones de operaciones por segundo. ¡Arre coño!, diría una amiga muy querida. ¡Arre carallo!, añado yo, si ustedes me permiten. Y es que el tal simulador tiene, al parecer, una potencia de cálculo 4.000 veces mayor que la del celebérrimo Deep Blue. Pues es el caso que el diario que les cito narraba las excelencias del supermaquinillo japonés justo al lado de una extensa información sobre las líneas maestras del proyecto de ley de calidad educativa que ese día presentaba la ministra del Castillo. ¿El duende del periódico? Quizá. Mas, duende o no, la coincidencia resulta, en su simbolismo, llamativa del mundo en el que estamos: por una parte, disfrutando de una sucesión de vertiginosos cambios tecnológicos, que, de la noche a la mañana, transforman inventos alucinantes en auténticas carracas; por la otra, sufriendo un proceso, socialmente selectivo, de galopante deterioro cultural y educativo, que está creando un nuevo tipo de analfabetos funcionales, que saben leer y escribir, aunque maldita la falta que les hace, dado que sólo les importa ver la tele. Para muchos de los responsables (premeditados o inconscientes) de tan monumental desaguisado, esa marcha paralela de avance tecnológico y empobrecimiento cultural no debería ser cosa de asustarse: «Al fin y al cabo ¿sostienen con su cara inconfundible de adultos sobradamente aburramiados¿ para qué saber geografía, literatura o ciencias naturales, si dentro de nada todos esos conocimientos podremos llevarlos en una calculadora de bolsillo». Bueno, vale: admitiendo que los conocimientos culturales fueran como los números de los abonados de la guía telefónica, habría que aceptar que resultaría un poco absurdo aprender lo que es posible consultar cómodamente. ¡O es que alguien se sabe de memoria la guía de teléfonos! El problema es que la cultura es otra cosa. Sí, otra cosa: como un ungüento, que va penetrando poco a poco en el espíritu, hasta hacerlo más grande, más generoso y más feliz. Don Juan de la Coba, de quien Carlos Casares contaba historias deliciosas, no llegó siquiera a imaginar que los ordenadores pudieran existir, pero inventó, por contra, un idioma ¿el trampitán¿; y un aparato ¿el pirandárgallo¿ que permitía, sin salir de Ourense, viajar por todo el mundo; y un paraguas integral, que cubría desde Cincinnati hasta Moscú y desde Alaska hasta Sudáfrica. Hizo falta su genio para dar a la imaginación tales prodigios. Y la cultura, fina e inmensa, de Casares para transformar a un toliño en un personaje de leyenda.