UNA SONRISA

La Voz

OPINIÓN

ERNESTO S. POMBO

10 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Convenimos en decir que en Europa, la poesía fue el género literario predominante del siglo XVI. También que el teatro, el ensayo y la novela, lo fueron de los tres siguientes. Y que el periodismo imperó en el siglo XX. A lo largo de sus cien años, una gran parte de la mejor literatura se hizo en las páginas de los periódicos. La hicieron Ortega, Ramiro de Maeztu, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Camba, Fernández Flórez, Cunqueiro, Cela, Torrente Ballester, Risco y Josep Pla. Ellos acudieron a los periódicos para convertir sus columnas en joyas literarias. Al inicio del tercer milenio, la tradición se mantiene. García Márquez, Vargas Llosa, Francisco Umbral, Cándido, Manuel Vicent y Juan José Millás son algunos de los integrantes de esa tribu de extraordinarios escritores que se presentan a diario en los periódicos para honrar esta profesión en la que la mayoría, con mucho menos acierto y sabiduría, no hacemos más que ganarnos el sustento. Y Carlos. Carlos también pertenece a esa brillante constelación de grandes periodistas que cada mañana, en sólo unas líneas, nos ofrecen las esencias de la vida. Ayer, como siempre, se asomó a las páginas de este periódico, con un libro bajo el brazo, su sonrisa limpia, transmitiendo serenidad y parapetado tras el título de su sección. Fue el último día que lo hizo, al margen del inédito que hoy se publica en las páginas que dan cuenta de su desaparición. Así se mantuvo, sin reposo, durante los últimos casi veinte años. Con la pretensión, siempre conseguida, de arrancarnos una sonrisa en esta difícil jungla en la que nos movemos. Lo logró. Ayer mismo, tomando como disculpa una discusión sobre si los conejos beben o no. Antes junto a su gato Samuel. O con sus recuerdos de infancia. O sus continuos viajes. El pasado 12 de septiembre, cuando las páginas de todos los periódicos estaban escritas con sangre y horror, Carlos fue capaz de poner la única nota divertida. Como tenía por costumbre. Con los temas más cotidianos, con los menos relevantes, lograba hilvanar una magistral pieza periodística que rezumaba humor por todas partes. Las informaciones dirán hoy que Carlos fue narrador, ensayista, académico, gran conversador, editor, conferenciante, promotor cultural, curioso sin límites y generoso. Que era una enciclopedia. Un gallego fascinado por Suecia. Que tenía unas enormes ganas de vivir. Es cierto. Pero fue también, y por encima de todo, un sabio del periodismo. Cuando este oficio es hoy más una técnica que un arte o una literatura, él, con sus columnas diarias, supo darle el brillo que requería para que cuantos ejercemos de gacetilleros nos sintamos orgullosos de nuestra profesión. Por eso, los que todavía permanecemos en este menester, se lo agradeceremos siempre.