DEL CORO AL CAÑO

La Voz

OPINIÓN

ANDRÉS PRECEDO LEDO

10 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Una soleada, pero fría, mañana de domingo me llevó a una de esas hermosas ¿aunque deteriorada¿ villas históricas que tanto abundan en nuestro país. Si Europa es un territorio de ciudades medias ¿Norteamérica es de grandes áreas metropolitanas¿, Galicia es un país de ciudades pequeñas, de villas. Pequeñas ciudades que, como Betanzos, Ribadavia, Mondoñedo, Noia, Tui o Cambados, nos han transmitido un compendio visible y sugerente de nuestro pasado. Pues bien, me asenté en una vieja taberna ¿entre arcos de piedra y suelos de losa- donde el lugar evocaba las bodegas medievales de antaño. Cerca de mí, alrededor de un repintado tonel, un grupo ¿parecían profesores de enseñanza media¿analizaban en voz alta ¿a veces demasiado alta¿ los problemas del país, los problemas de la educación, los problemas de la sanidad, los problemas de las carreteras, los problemas de los centros históricos, los problemas de la Operación Triunfo . Todos eran problemas, todo era negativo, todo era oscuro como el pequeño túnel que comunicaba a las dos principales estancias de aquella antigua bodega, añadiendo los problemas del tabaco a las ya por sí ennegrecidos sillares de granito. Un fresco y chispeante albariño casero ponía en mí la nota de viveza, de optimismo, de salud. Al salir de allí, orienté mi automóvil hacia una de esas escasas carreteras que aún no conocía. Un testimonio de aquellas estradas de pavimento curvo y piso deslizante. La carretera estaba como antes ¿claro que el tráfico tampoco aconsejaba otra cosa, porque ni un automóvil me crucé¿ pero el entorno había cambiado: apenas quedaban carballeiras, los eucaliptos ¿endebles y enfermizos¿ se intercalaban entre los robles residuales o lo ocupaban todo. Muchas construcciones ¿cercas, hórreos¿ no eran más que restos de la original, y las aldeas mezclaban el ladrillo con los sillares, la madera con el plástico, la teja con la uralita, y de vez en cuando un chalé de granito rosa con techumbre de pizarra. De cuando en cuando, casas aisladas que parecían cavernas, y restos de lavadoras, neveras, plásticos, coches viejos, coches de niño ¿más viejos porque debía haber pasado mucho tiempo desde el último alumbramiento¿, cajas de Coca-cola, de cerveza..., en fin, un buen compendio para que los arqueólogos del futuro puedan reconstruir cómo era ese trozo de la Galicia actual, de la Galicia real. Evidentemente a la lista de problemas que antes había escuchado, la misma realidad ampliaba la suma, kilómetro a kilómetro. Todos eran problemas, y más graves aún que los visibles eran los que se ocultaban detrás de las formas. Pero hacía demasiado sol para ver las cosas tan negras; las sombras sí eran oscuras ¿sino no serían sombras¿ pero la luz del sol resaltaba los aspectos más alegres del paisaje, de aquel lastimado y lastimoso paisaje. Cierto que todo no puede ser recuperado; cierto también que las casas no se rehabilitan por decreto; cierto que las causas son muchas y complejas, y los arquitectos no están exentos ¿como aquellos profesores y maestros decían¿, pero los educadores tampoco. Al final, o al principio ¿depende donde se ponga el comienzo-, casi todos los problemas son de educación, de cultura, de valores. Lo he dicho ya tantas veces que a mí mismo me suena a teórico, pero no lo es. Sumido en estos pensamientos miré hacia lo alto, y allí, en la ladera, descubrí una hermosa casa rural que asomaba tras la última curva. Una cuidada restauración y acondicionamiento del entorno resaltaba aún más con los rayos ladeados de la luz del mediodía. Era hermosa. Cierto que hay problemas, pero también es cierto que la mayor parte de los problemas tienen solución ¿dice la gente que todos, menos la muerte¿; por eso hay que ir sustituyendo el discurso negativo, amargo, desanimante, por una forma de ver las cosas, y de ver la vida, que busque en las soluciones el remedio a los problemas. La Galicia llorona, quejumbrosa¿ un coro de plañideras semejaba¿, precisa dar paso a una Galicia emprendedora; crítica, pero con iniciativas de mejora; optimista aun siendo consciente de las muchas barreras que aún quedan en pie. Ahora, con la luz del sol del mediodía, volvía con el recuerdo al cubículo tabernario o tabernero y la oscuridad y la negrura no me animaban a volver. Prefería parar en el camino y beben agua fresca y límpida de un caño inscrito en una piedra hermosamente trabajada por canteros del siglo XVIII. Un agua que llevaba siglos fluyendo por aquel caño de piedra, y que seguía animando y manteniendo el optimismo del caminante. Así me gusta más.