La tercera de las ciudades gallegas es Madrid. En esta ciudad y su hinterland viven algo más de ciento cincuenta mil gallegos. Los locales de reunión de la colectividad en la diáspora son más que en el Buenos Aires de los años cincuenta. Existen centros gallegos en Alcalá de Henares, Alcobendas, Móstoles, Sierra de Madrid , Villalba y el propiamente así llamado y original, el centenario Centro Gallego de la calle Carretas. Madrid reúne asociaciones plurales que tienen a Galicia como origen y destino: Asociación de Médicos Gallegos, Asociación de Abogados Gallegos, Asociación de Empresarios Gallegos, de taxistas, de periodistas, qué se yo. Será por esa patología de difícil diagnóstico que consiste en agruparse en cuanto se pasa el puerto de Pedrafita. Muchos de estos grupos que tienen el denominador común de una saudade tan morriñosa como trasnochada practican el galaico deporte del ailalelo, el lamento como consigna y el lacón con grelos como la más alta cima de la gastronomía. Siguen pensando en una Galicia que está en un más allá veraniego y reivindicando una forma de vida que afortunadamente sólo existe en su memoria. Algunas asociaciones nacieron en su día como terminales del poder, ninguna como lobby serio y mucho menos como sucesoras de las viejas entidades liberales de Amigos del País. Así nos lució el pelo. Y si hoy la sociedad gallega es moderna, dinámica y ágil, si analiza en positivo la realidad de un nuevo modelo de país y mantiene una vanguardia en la sociedad civil crítica y rigurosa, las comunidades gallegas del exterior también queremos subirnos a ese tren para no perder el paso de nuestra propia historia. Pocas cosas nos vertebran más que ese sentimiento de gallegueidad que comienza a ser beligerante. Hay, existe no obstante un cierto desvalimiento de orfandad . Los gallegos de la diáspora nos sentimos solos con más frecuencia de la deseada. Pensamos, y no sin razón que tanto las instituciones públicas como las privadas no cuentan con nosotros las más de las veces. Somos tan ingenuos como solidarios y ponemos siempre, y por encima de todo nuestro corazón colectivo al servicio de Galicia. Por eso celebramos con júbilo, con un unánime todos a una, cualquier iniciativa que desde Galicia se vincule a nuestra ciudad de adopción, a nuestro lugar de residencia. Que La Voz de Galicia se acerque a nosotros con una edición para Madrid, es un regalo que acogemos con el alegre énfasis de las grandes ocasiones. Porque en esa soledad compartida por los miles de gallegos que vivimos en Madrid, nos faltan vínculos que nos unan, referencias que anuden los sólidos lazos entre las mil galicias dispersas por el mundo. Mi bienvenida es sincera, es un alalá salvaje para subrayar que los tiempos son llegados y que la vieja y errática nación de Breogán ya tiene quién le escriba. En las mañanas soleadas y velazqueñas de este poblachón manchego levantado en medio del paisaje, a veces se me ocurre pensar que lo mejor de Galicia es Madrid. Pero me doy cuenta de que sólo es un espejismo.