La cúpula de ETA percibe que algo está cambiando en el panorama político de Euskadi. Y lo que ve, no le gusta. Están inquietos y se expresan a través del único sistema que no requiere reflexión: el coche-bomba y el asesinato. Mientras tanto, Batasuna intuye que el desastre que sufrió el 13 de mayo puede ser un magnífico resultado en comparación con las previsiones de las futuras elecciones locales. Es el precio que deberán pagar a los vascos por su dependencia política de ETA y por su clamoroso y estruendoso silencio sobre la muerta violenta de ciudadanos condenados por su forma de pensar. La inquietud de ETA tiene una doble motivación. Por una parte, el resultado de la reunión de todas las fuerzas democráticas celebrada en Vitoria a finales de febrero, en la que se percibió el aroma del pacto de Ajuria Enea. Y, por otra parte, las posibles conclusiones del próximo Congreso del PSE-EE, que pueden significar un giro estratégico a la hora de buscar una salida del laberinto vasco. Los intentos fallidos de acabar con la vida de Eduardo Madina, nuestro Ernest Lluch , como afirman sus compañeros de las Juventudes Socialistas, de Esther Cabezudo, teniente de alcalde socialista de Portugalete, y de su escolta, Iñaki Torres, así como la mafiosa advertencia a Nicolás Redondo Urbieta, pretenden influir en la importante asamblea de los socialistas vascos, para que prevalezcan las ideas de confrontación global con el nacionalismo democrático. ETA quiere atar de pies y manos al PSE-EE para que mantenga la estrategia de los frentes : nacionalistas contra no nacionalistas. Desea que la nueva dirección que resulte elegida permanezca adosada al poste de inmovilismo que tantos réditos políticos y electorales proporcionan a los que desean el choque de trenes de dentro y fuera de Euskadi. Quieren petrificar a los socialistas vascos para que renuncien a la voluntad de diseñar una política transversal para impulsar medidas de unidad democrática para aislar a los violentos. Si consiguen congelar la política socialista y mantener el statu quo haciendo que el PSE-EE dependa de Aznar y de Mayor Oreja, habrán conseguido situar también al PNV en unas condiciones de precariedad para que, a continuación, Batasuna pueda estrujar y retorcer parlamentariamente al lehendakari . Es decir, dos objetivos por el precio de uno: disuadir a los socialistas y mantener al PNV y EA cogidos por el cuello. Las inteligentes propuestas de Jesús Eguiguren pueden abrir una nueva coyuntura política que ETA no está dispuesta a permitir porque significarían su soledad y la confirmación del progresivo desvanecimiento electoral de Batasuna. Pero la renovación de la política socialista no implica mantener una actitud atentista con respecto al PNV y EA. Los nacionalistas tienen que asumir compromisos ineludibles en relación con el aislamiento de Batasuna. Y, entre todos, no cometer el grave error de apoyar su ilegalización, que sólo serviría para cerrar filas en torno a los más duros de la organización. Esa es la cuestión.