Eduardo Mendoza hizo su debut como novelista en 1975: La verdad sobre el caso Savolta, una historia que tiene por escenario la Barcelona anarquista de los años 1910, y que le valió el premio de la Crítica y un lugar de honor entre los escritores en lengua española. Mendoza ya desplegaba allí una escritura plagada de guiños, de citas desfasadas, de autocitas y de enormidades que desatan en el lector estallidos de risa inesperados, porque no tienen nada que ver con la intriga. Repitió cuatro años más tarde con El misterio de la cripta embrujada, una comedia más ligera en la que la intriga delirante es desenredada por un detective improvisado y anónimo y en la que el género policíaco se pliega a los patrones de la novela picaresca. Reencontramos al personaje y el mismo esquema en 1982 en El laberinto de las aceitunas . El estilo particular de Mendoza, casi cervantino, ha sido fielmente traducido al francés por François Maspero en El tocador de señoras (L¿artiste des dames), pese a que no era fácil. Sí, ya sé; voy a cometer una serie de sacrilegios a lo largo de este artículo, pero sería deshonesto por mi parte no comunicarles la reminiscencias que me han asaltado durante la lectura de la última novela de Mendoza. Y para empezar, la primera frase. Cervantes ( «En un lugar de la Mancha¿ » ) se pone bajo la autoridad de Feliciano da Silva, uno de los más célebre autores de novelas de caballería de la época. Por su parte, en El tocador de señoras, Mendoza se aproxima a Raymond Chandler, esa gran figura del género policíaco: «Cuando sus piernas (bien formadas) entraron en el local donde yo ejercía mi oficio, ya hacía bastantes años que vivía en el embrutecimiento más absoluto». Don Quijote, como sabemos, estaba loco. Sale una mañana de su hacienda, con sus armas y su caballo, a buscar aventuras, deshacer entuertos y vengar las afrentas infligidas a damas y desvalidos. El personaje (anónimo) de Mendoza aparece situado a la puerta de una residencia psiquiátrica cuyo director corrompido quiere ¿signo de los tiempos¿ transformar en supermercado. Abandonado al aire libre (más concretamente, junto a una autopista), cuando su única pretensión era rehacer su vida en un establecimiento de peluquería de señoras, se ve mezclado, muy contra su voluntad, en una historia de traiciones, robos y asesinatos, para salvar a la rubia propietaria de las piernas antedichas. Esta vuelta a la vida se produce en la Barcelona post-olímpica, remozada y maquillada, y él, más escéptico y nihilista que nunca, detrás del cartón piedra descubre los barrios sórdidos de siempre, una burguesía tan mezquina como en el franquismo, y unos especuladores más arrogantes que nunca. Pero a fuerza de intuición, con recursos materiales ridículos o inexistentes, a base de aproximaciones ingenuas, este inspector a su pesar consigue resolver un caso en el que se mezclan crimen, especulación y corrupción política ¿los males de nuestra época. Encuentra su Sancho Panza en la persona de Magnolio, un gigantesco senegalés inmigrante, que respeta escrupulosamente la vieja ley de la selva, pero que se encuentra desorientado en la jungla de lianas de la justicia occidental. A semejanza de Sancho con don Quijote, Magnolio mantiene con el inspector anónimo conversaciones desopilantes sobre el sentido de la vida. La secuencia final, donde todos los personajes (y posibles asesinos) se encuentran en un pabellón de lo suburbios, nos hace pensar en la reunión tumultuosa en el palacio de los duques en la segunda parte de la novela de Cervantes. ¿Sería Don Quijote el libro de cabecera de Mendoza? Uno no puede dejar de reflexionar sobre el comentario de Sebastián de Cobarrubias sobre los libros: «Dios nos guarde del hombre de un solo libro, porque si éste es bueno, sus argumentos se hacen irrefutables». Y ya que con una novela caballeresca Cervantes puso fin a un género que sorbía el seso de los españoles, no sería absurdo suponer que Mendoza pueda hacer lo mismo con la moda de la novela policíaca, que el primer recién llegado se cree en derecho de cultivar, sobre todo en la literatura de lengua española. En cualquier caso, su obra ayudará a comprender mejor el verdadero sentido (el sinsentido) de los discursos políticos, la mecánica de los negocios y el poder de la corrupción.