Visto desde los Alpes, con la muy ortodoxa perspectiva que ofrecen las calles y palacios de Trento, da la impresión de que Fraga está como un niño con zapatos nuevos, y que va a prolongar por mucho tiempo su actual papel de político civilizado ¿la expresión es suya¿ y de defensor de una Europa más regionalizada. Y hasta se puede creer que, si Dios le da fuerzas para ello, va a defender el desarrollo del Título VIII de la Constitución con la misma vehemencia con la que otrora juró enterrarlo. No seré yo, sin embargo, quien le critique por eso. Porque creo sinceramente en la virtud de la conversión y de la heterodoxia, y, si mucho me gusta que se baje del caballo de Isabel la Católica, a cuyo Estado homogéneo dijo siempre haber servido, más aprecio su capacidad de adelantar por la izquierda al núcleo dirigente de su propio partido, dejando en evidencia su rancia visión de España y la baja calidad de su patriotismo oportunista y ramplón. Pero ya se sabe que no todo lo que reluce es oro, y una vez más me veo obligado a matizar un discurso que está construido, quizá de forma subconsciente, sobre la técnica autoritaria del embudo, con una boca ancha que mira hacia el propio Fraga, y otra boca chiquita por la que debe pasar Beiras. A Pérez Touriño ni lo menciona siquiera, como es natural. Porque una vez que ha descubierto donde están los nacionalistas ideales, y por donde se les coge la aguja de marear, no tiene ningún sentido invertir esfuerzos en espacios intermedios. ¿Y por qué digo esto? Porque, mientras Fraga se permite el lujo de razonar fuera de la Constitución, proponiendo su reforma, a los nacionalistas les exige ¿¡y los va a convencer!¿ que renuncien a todo planteamiento que no sea constitucional, como si preconizar una España confederal o el derecho de autodeterminación fuese más pecado que reformar el Senado, o si los cambios propuestos por Fraga fuesen más admisibles, más institucionales y menos peligrosos que los apuntados por Beiras. ¿No quedamos en que la Constitución se puede reformar? Pues si tal cosa se acepta, nadie debe renunciar de antemano al debate que da pie a esas reformas, ni a ninguno de los supuestos que, una vez reformada, pudieran servir para una mejor interpretación de la idea de España o de sus nacionalidades. Y si Fraga pide ahora que se queden en ese marco de la ¿nacionalidad histórica¿ que con tanta vehemencia combatió, ¿por qué se erige a sí mismo en árbitro y medida de los cambios oportunos? La respuesta es evidente: porque Fraga es realista, y sabe que el BNG le va a hacer el favor de aceptar la condición. Y es que el ser de centro, y aspirar a hacer nacionalismo con las bases del PP, tiene su intríngulis.