Hasta fechas recientes, la sociedad española afirmaba de sí misma que no era racista y estimaba que los problemas de la integración de la inmigración en otras sociedades europeas resultaban extraños a nuestra estructura cultural. Ha bastado la aparición del hiyab de la niña Fátima Eldrissi, y su incorporación al sistema educativo, para que se hayan producido reacciones viscerales en la mejor tradición integrista. Tanto desde el mundo político conservador, como desde un feminismo pretendidamente progresista , se ha mantenido y defendido, con una intransigencia digna de mejor causa, un catálogo de actitudes de rancio sabor y muy próximas a la xenofobia. Los conservadores han dicho que comenzamos con el velo, continuaremos con la ablación del clítoris y terminaremos con la lapidación de mujeres. Y desde una parte del feminismo, espero que minoritario, se exigía que le arrancáramos el velo a Fátima en nombre de los derechos de la mujer. Para culminar el despropósito, Mikel Azurmendi, presidente del Foro para la Inmigración (?), sostiene que la mulculturalidad es una gangrena, mientras que algún alto responsable de la Conferencia Episcopal se pregunta acerca de la integración escolar de los niños de ojos aceitunados . ¡Ni que los españoles nos parezcamos a los suecos! El fondo argumental es muy similar: los que vengan aquí a trabajar tienen que asumir nuestras costumbres e integrarse. Incluso se ha llegado a afirmar que los niños escolarizados que no quieran comer carne de cerdo en el colegio, prohibida para los musulmanes, deberían quedarse sin comer o que lleven la comida desde su casa. Es decir, o se integran o los integramos . Se olvida, o se desconoce, que el hijab , la prohibición del consumo de carne de cerdo o de alcohol, son elementos de identificación religiosa, que, por definición, no es materia de integración sino de convivencia. Los factores religiosos de diferenciación no son susceptibles de ser tratados como mero costumbrismo. La cuestión tiene una enorme complejidad y sería recomendable que aprendiéramos de otras experiencias europeas. De lo contrario, corremos el peligro de sentar las bases de que un choque cultural cruce a toda la sociedad española. Todavía estamos a tiempo de explicar a los españoles que se trata de convivir con el otro , respetando sus tradiciones religiosas, con el lógico límite del Código Penal. En nuestro país, la presencia de población inmigrante, legal e ilegal, se sitúa en torno a un 3% sobre el conjunto de la población. En Alemania, Francia o Gran Bretaña, ese porcentaje alcanza el 12 o el 14%. ¿Qué ocurrirá en España cuando alcancemos tales cifras? Francia vivió un debate muy intenso durante la década de los años noventa, y, finalmente, alcanzaron un frágil consenso. Deberíamos aprender de la experiencia de los demás y no cometer los mismos errores.