PROPINAS Y EUROS

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

OPINIÓN

La propina, ese deporte tan nacional como la paella, que eleva nuestro ego, tras la ingesta, entre los aromas de un Montecristo número cuatro y los sorbitos de un Carlos III , parece haber entrado en crisis. Ya no tenía mucha salud tras los ajustes económicos, pero ahora es una auténtica ruina. Al parecer, los españoles estamos inmersos en el síndrome de la calderilla valiosa del euro. Y nos parece que con diez céntimos es bastante para recompensar un buen servicio, sin reparar en que ello representa diecisiete míseras pesetas. Al menos eso dicen los profesionales del sector, que tampoco son culpables de que el patrón gradúe su sueldo en función de las propinas. La cuestión no es sólo económica. Está en juego el prestigio social. Todos dábamos jugosas propinas, menos los tacaños y los artistas. Estos aún ponían un poco de arte. Cuentan de Oscar Wilde que un buen día, en que estaba a dos velas, tras comer en un lujoso restaurante, preguntó al maître si podía prestarle una guinea. Éste le contestó que sí y, cuando se la iba a dar, el escritor le dijo que no, «es para usted, es su propina». En esto hay al menos ingenio. Pero a mí me parece que el euro no nos está haciendo más artistas, sino simplemente más tacaños.