LA DISCRETA ARQUITECTURA

La Voz

OPINIÓN

XERARDO ESTÉVEZ CIUDADES Y CIUDADANOS

23 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Es una opinión bastante generalizada que se hacía mejor arquitectura antes que ahora. El desarrollismo de los años 60 destruyó dos estéticas: la burguesa, el buen hacer de las ciudades, y la popular, que construía casas y territorio ejemplarmente, sin proyectos ni licencias. A cambio no se creó una alternativa válida. En el segundo desarrollismo en el que nos encontramos inmersos el factor inmobiliario pesa, una vez más, demasiado. Muchos proyectos tienen que producirse con rapidez, no se dispone del tiempo suficiente para hacerlos con calidad y acaban haciéndose de forma automática. En consecuencia, aunque se construye mucho, se hace poca arquitectura. La arquitectura, mejor dicho, la construcción, se ha banalizado en buena medida como producto de consumo. Como herencia indeseada de la posmodernidad, hay un retorno al gusto más pomposo, lleno de frontones y molduras, un neo-barroquismo que marca la pauta tanto en las calles de los nuevos ensanches urbanos como en las colonias de casas adosadas. Sospecho que el uso acrítico de las herramientas de diseño asistido por ordenador y los sistemas de prefabricación han tenido mucho que ver en esa banalización, en esa repetición mimética de elementos clásicos mal asimilados. Pero no todo está mal. La arquitectura institucional, de la que hablaremos otro día, y un grupo no pequeño de promotores, particulares y arquitectos están apostando por desarrollar proyectos que muestran una voluntad explícita de hacer un ejercicio creativo. No creo que toda la arquitectura tenga que ser de autor; si así fuese, la ciudad quizá resultaría insufrible. Frente al edificio singular y al mimetismo, hay un lugar para la discreta arquitectura, la obra sobria, incluso anónima, que, sin dejar de ser moderna, no llama la atención cuando uno va por la calle. Edificios sin relieve individual, pero que en conjunto forman la calle, el telón del espacio público y que mejoran con el tiempo. Esa arquitectura discreta puede ser incluso más sencilla y económica, pero exige oficio. Si se llevase a cabo, los arquitectos no tendrían que lamentar que los edificios que diseñan acaben construyendo en su conjunto fachadas urbanas anodinas o seudorregionalistas, más cercanas a Walt Disney que a Jenaro de la Fuente, que fue un buen arquitecto. Para eso, junto al ordenador, el lápiz y el tablero son insustituibles. También sería bueno para los promotores, que abaratarían costos, y para los propietarios, que pagarían menos. Esto, una vez más, es materia de sistema educativo, de la calidad del proceso enseñanza-aprendizaje en las escuelas técnicas, en la implicación en el diseño de las empresas de prefabricación, de los promotores, de los clientes y de la administración, que podría premiar el esfuerzo de los que lo hacen.