CÉSAR ANTONIO MOLINA
22 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Comienza un nuevo cuatrimestre con nuevos alumnos. De pie sobre la grada de la clase miro sus rostros. Son más de un centenar. Y eso que mi universidad, según dicen, no está masificada. Un noventa por ciento son muchachas en flor. Ellas cada vez más jóvenes, yo cada vez más viejo. En Rouen se conserva la casa natal de Pierre Corneille. Está en la calle La Pie, junto a la plaza del Vieux-Marché donde quemaron a Juana de Arco. La casa de Corneille ocupó toda la calle. Ahora sólo se conserva la residencia familiar. Tiene varios pisos que acaban en un tejado puntiagudo muy característico de la región. Su fachada es de piedra y madera vista, con amplios ventanales. El interior apenas contiene mobiliario de la época. La habitación donde estaba su despacho guarda una importante biblioteca con primeras ediciones. En otra estancia contigua hay fotos y carteles de las representaciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XX. Sin embargo, el objeto más curioso es una gran maqueta de Rouen en el siglo XVII. Al Palacio de Justicia, monumento edificado a comienzos del siglo XVI para alojar al Parlamento de Normandía, acudía Corneille a desempeñar el oficio de abogado. A la célebre y bellísima Sala de los procuradores, la parte más antigua, situada al oeste del patio de honor, iba el letrado para pleitear en la jurisdicción de la Administración de Montes. Corneille vivió, excepto los últimos años de su vida, en la villa natal. Pertenecía a una familia adinerada. Su hermano Thomas fue también dramaturgo y académico; y uno de sus sobrinos era Fontenelle. Pierre estudió en los jesuítas, en el mismo edificio que hoy lleva su nombre y fue antes sede de esta congregación católica. Lo harían después Fontenelle, Flaubert, Maupassant o Maurois. Se licenció en derecho y contrajo matrimonio de conveniencia. Protegido de Richelieu, luego lo apoyó Mazzarino. El autor de Medea, La ilusión cómica, El Cid (1637), Heraclio, Andrómeda o Don Sancho de Aragón (1650), cayó temporalmente en desgracia con Nicomedes (1651), pues parecía tomar partido por los enemigos de su protector, el grupo de La Fronda. La carrera literaria de Corneille no tuvo un camino fácil. De los éxitos del principio pasó a las críticas, controversias y fracasos posteriores. Finalmente se enfrentó al genio naciente de Racine. Nombrado académico en 1647, en el 1662 se instaló en París. Contemporáneo de Moliere y de Racine, era el más viejo de los tres. Corneille no sólo perdió con Racine su batalla teatral, sino también otra mucho menos conocida, la amorosa. En Rouen, junto al Sena, había un descampado donde se instalaban las compañías ambulantes de teatro. En este lugar donde ahora hay casas y una gran taberna estuvo la compañía de Mólière, en el año 1658. Entre el grupo de actrices destacaba una. No tanto por su buen hacer como por su belleza. Era la jovencísima Marquise Thérèse de Gorla, esposa del actor Du Parc. Corneille asistió a esas representaciones y se enamoró de ella. A pesar de su fama y prestigio, de su buena posición y los mejores versos encomiásticos que le dedicó, no logró conquistarla. Por el contrario, Marquise Thérèse lo despreció públicamente. Y lo hizo de la forma que puede herir más a un hombre: llamándole viejo. Corneille, que acababa de entrar en la cincuentena, contestó a los insultos con unos versos viperinos: «el tiempo a las cosas más bellas se complace en hacerles una afrenta y sabrá marchitar tus rosas como lo hizo con mi frente arrugada». El tiempo nos iguala a todos para mal. La gloria y el futuro de la muchacha no estaba en confiar en su juventud y belleza transitoria, sino en los versos del poeta: «seréis bella porque yo lo habré dicho». Estos comentarios no los echó en saco roto Marquise Thérèsse pues, finalmente, abandonó a su marido y se fue a vivir con Racine, treinta años más joven que el normando, y autor de moda. Andrómaca la escribió para ella. No murió ajada ni vieja, sino en plena juventud al tratar de abortar un hijo de su ilustre amante. Georges Brassens le dedicó una canción. Se pone de su parte y no de la de Corneille. El cantautor galo la defiende diciendo que una muchacha joven no debe perder el tiempo con un hombre maduro. ¡Pobre Corneille! ¡Pobre de nosotros mismos! Ya se nos empieza a cuartear la frente mientras estas muchachas brillan como manzanas pendientes del árbol. Cada vez estoy más de parte de Corneille, antes lo estuve de Racine. Samuel Butler dijo que «es mejor haber amado y haber perdido, que no haber perdido nunca nada». Sin embargo yo prefiero la frase original de Alfred Tennyson: «Es mejor haber amado y haber perdido, que no haber amado nunca». Aunque, como dice un verso de Blake, «no tuviera más amor que tus espinas».