MILOSEVIC

MANUEL LEGUINECHE


Todas las veces que le vimos exhibía el mismo rostro imperturbable. Ni siquiera los aplausos cambiaban su gesto hierático, su actitud de esfinge. Tal vez, de cuando en cuando, un asomo de media sonrisa más bien sarcástica. Se había acostumbrado a los halagos porque supo tocar la fibra sensible de los serbios, que se han sentido siempre víctimas de la historia. Aquel tecnócrata gris, funcionario de la compañía de gas y banquero, estaba llamado a convocar a los suyos al sueño definitivo: la Gran Serbia.Nunca mudó el semblante, ni en las horas grandes ni en las más bajas. Era el mismo cuando enviaba a su ejército y a las tropas paramilitares a matar croatas, bosnios o kosovares.¿No tendrá este hombre nacido de un padre pope ortodoxo, que luego se suicidó, y una maestra, en algún rincón íntimo de su corazón un resquicio de remordimiento, un átomo de conciencia de culpa? No, Slobo (que significa libertad) no es de esos.El culpable se cree la víctima. Hace ya días que empezó el espectáculo de su defensa ante un tribunal, convocado en 1993 por el Consejo de Seguridad de la ONU, cuya legitimidad no reconoce. No está solo. Le asesora un panel de abogados que quieren poner sobre el tapete las vergüenzas de Occidente.La estrategia de Milosevic, maestro de la manipulación, parece clara: confundir a los jueces, alborotar, dividir a los que le acusan de crímenes de guerra, de crímenes contra la humanidad y genocidio. Faltan por lo menos tres personas en el banquillo de los acusados: Miriana, su mujer, y los generales Mladic y Karadjic, el psiquiatra de Sarajevo, poeta en sus horas libres. La justicia por unos 200.000 muertos y cientos de miles de refugiados está en juego. El TPI se juega mucho en estos dos agotadores años que puede durar el proceso.Milosevic es correoso, dialéctico, astuto, coriáceo. El 24 de abril de 1987 era un oscuro miembro del Partido Comunista cuando la oportunidad llamó a su puerta. En Kosovo Polje, en el Campo de los Mirlos, la policía albanesa impidió el paso al vestíbulo del Ayuntamiento a un puñado de ciudadanos serbios. Nunca lo hubieran hecho. Alguien buscó a Milosevic para que pusiera paz en el pleito. El abogado subió al estrado y pronunció las mesiánicas palabras: «Nadie volverá a golpearos nunca más». La multitud estalla en júbilo. Serbia tiene por fin su hombre providencial, su salvador. A partir de ese día Milosevic se cree el Dios de los ortodoxos, llamado a través de la guerra, de la tortura, de la depuración étnica, de los campos de concentración, de la demagogia, a devolver a los suyos al papel que les tiene reservada la historia. Durante una década de sangre soltó los perros de la guerra no en un acceso de locura -no hay dictadores locos- sino, como va a quedar demostrado, por un propósito bien urdido, planificado, largo tiempo meditado de lograr su sueño.De nada tiene que arrepentirse, afirma. Los culpables son otros, la OTAN, Occidente. Pero quien sabe si en su fuero interno dedicará un segundo a lamentar su error fatal, la marcha sobre Kosovo. Si Milosevic se queda quieto y no provoca una nueva guerra en su provincia de mayoría albanesa, no se hallaría hoy ante el Tribunal Penal de La Haya para crímenes en la ex-Yugoslavia.La Haya representa el triunfo de la justicia universal sobre la barbarie, pero convendría que en momentos como este Occidente o la llamada comunidad internacional repararan también en sus errores. Dejaron hacer, dejaron morir, adularon al Carnicero de los Balcanes. Entre 1991 y 1995, para la política exterior británica Milosevic no era peor que otros: se podía tratar con él.Está bien que el culpable ahogue sus culpas, que se condene la responsabilidad individual frente a la cultura de la impunidad, pero habrá que recordar que Estados Unidos apoyó tarde y mal al grupo opositor Zajedno. EE UU pareció mas interesado en mantener a Milosevic en el poder hasta el último capítulo de la Pax americana en los Balcanes, sellado con la ocupación de Kosovo por la OTAN.Habrá que recordar, de paso, y puede que algo salga a la superficie en La Haya, que la CIA y el terrorista Bin Laden trabajaron juntos (como en Afganistán) para echar una mano al Ejército de Liberación de Kosovo porque convenía a sus intereses.El ex-ayudante del secretario de Estado de EE UU, John Shattuk, escribió el año pasado, tal y como recuerdan Lopusina y Huzsvai, que los acuerdos de Dayton de 1995 prolongaron el tiempo en el poder de Slobo «pero sellaron también su destino: aceptó al tribunal que hoy le juzga en La Haya».

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