YASHMINA SHAWKI
16 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Como un pobre ratón, sin escapatoria posible, se siente el pueblo iraquí ante los ataques periódicos y las amenazas constantes de Estados Unidos así como por el terror impuesto por su propio Gobierno. Acorralado por la necesidad de sobrevivir día a día, ya ni se inmuta ante el peligro que se cierne sobre su cabeza. Los iraquíes viven sometidos a una dictadura sangrienta desde que en 1968 accediera al poder, con un golpe de estado, el partido Baaz. Con el derrocamiento tranquilo de Bakr y el ascenso a la presidencia de Sadam Husein en 1978, la persecución a la disidencia política, a la mayoría shíita y a la minoría kurda se recrudeció alcanzando niveles jamás conocidos. En este marco de terror interno, Sadam Husein embarcó a su pueblo en una lucha contra Irán de más de ocho años de duración. Una guerra que no sólo no consiguió los objetivos fronterizos pretendidos, por graves errores tácticos y militares, sino que, además, vació las rebosantes arcas del país, paralizó el desarrollo y ocasionó cientos de miles de víctimas. No satisfecho con las consecuencias dramáticas de un enfrentamiento bélico, mal aconsejado y acuciado por la desesperada situación económica Sadam Husein invadió Kuwait provocando un conflicto cuyas consecuencias se han prolongado hasta ahora. El empecinamiento del dictador de Bagdad ha llevado la situación de la población a un límite insostenible. Al no explotar plenamente sus recursos petrolíferos no pueden comprar ni alimentos ni medicamentos suficientes, por lo que los índices de mortalidad por hambre y enfermedad son alarmantes, por no hablar de las patologías médicas incurables consecuencia de la contaminación provocada por el bombardeo de los aliados. Con el enemigo en casa, sin una estructura política alternativa que pueda hacerse cargo del poder, graves conflictos étnicos internos, una represión total y una economía inexistente, ¿qué alternativa les queda a los iraquíes sino aguantar y rezar? La única ayuda que puede obtener el pueblo iraquí es del exterior y ello es difícil debido al embargo que le mantiene aislado desde hace más de una década. Y aunque Francia, Rusia y Alemania han manifestado su disconformidad con cualquier ataque norteamericano, es improbable que consigan impedirlo. Previsiblemente, Turquía, Kuwait y Arabia Saudita colaborarán prestando su suelo a las bases militares pero, ¿cómo reaccionarán vecinos como Siria e Irán, cuya situación actual es tan distinta a la de 1990? Puede que Bush se sienta apoyado por la opinión de los norteamericanos y no tenga oposición política en el Congreso, pero el resto del mundo no verá con buenos ojos un ataque destructivo de Irak, entre otros motivos porque su única amenaza es la verbal. En 1990 todo el mundo apoyó a la coalición internacional contra Irak; en el 2002 el ánimo es distinto. Bien pudiera suceder que el gato no sólo no lograse atrapar al ratón, sino que quedase atascado en la ratonera.