EL FANTASMA DEL HÓRREO

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

05 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

¡Quién no recuerda a Belfegor! No, no me refiero, claro ésta, a aquel Baal Fagor al que, según el antiguo testamento, adoró un día el pueblo de Israel; ni tampoco al archidiablo Belfegor, sobre quien habría de escribir Maquiavelo una sátira malvada. ¡Haga memoria! ¿Que ya lo tiene? Pues sí, en efecto, acierta usted: me refiero al fantasma del Louvre, al Belfegor que varias generaciones de españoles asociamos mentalmente a ese museo, a aquel fantasma de nuestros terrores infantiles que, sin llegar a estar del todo, deambulaba por un palacio que era su prisión y su morada. Y lo era porque a ninguno de los directivos del museo se le había ocurrido nunca la idea peregrina de obligarlo a comparecer seis minutos cada mes para dar cuenta de sus correrías nocturnas entre giocondas, venus y victorias. Porque, seamos serios, ¡un fantasma que comparece, no es fantasma! Aquí teníamos también nuestro palacio, y en él nuestro fantasma, pero pronto dejaremos de tenerlo. Y es que tras sufrir una matraca insoportable durante más de doce años, el fantasma se ha cansado y ha accedido a salir de su escondite. El acontecimiento -Dios mediante- ha de suceder en el Pazo do Hórreo, donde sientan sus reales los representantes gallegos de la soberanía popular, y donde el presidente de la Xunta se ha comprometido a comparecer en el futuro seis minutos cada mes -o dieciocho, si sus señorías se empeñasen en no contener su natural curiosidad- para explicar lo que, según sea el caso, tenga que explicar. Y así, verdaderamente no se puede. ¡Cómo se ha de poder con esta tropa! El presidente había conseguido, tras un operación depurada de despiste, llena de habilidad y contumacia, convertirse en un fantasma parlamentario de los que estando sin estar, realmente no están, aunque dan la sensación de estar donde tendrían que estar pero no están. Como el del Louvre, el del Hórreo era ya un espectro familiar y apreciadísimo, al que la mayoría de los ciudadanos de Galicia reconocían el mérito indudable de haber sido durante muchos años un presidente parlamentario sin apenas pisar el Parlamento. ¡Ahí es nada! ¡Pero no, no podemos ser originales los gallegos y tener nuestro fantasma a buen recaudo, apartado de comparecencias que desnaturalizan su ser fantasmagórico! ¿O es que no hubiera sido acaso más piadoso, y también más razonable, dejar al presidente seguir como hasta ahora, sin forzarlo a comparecer a estas alturas, y, en su lugar, vender entradas para que los ancianos y los niños pudieran visitar un palacio en el que, como en cualquiera otro que se precie, también un fantasma pasea su poder?