CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
03 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Bendita la gripe de la hija de la escritora Astrid Lindgren (descanse en paz) que hizo que ésta inventara a Pippi para curarle el catarro. Menuda chavala. Tan rebelde como su pelo zanahoria y sus coletas enhiestas. Reivindico esa zanahoria frente a la canción estúpida de la mayonesa. Lo que hay que oír y ver. Más nos valdría que volviesen a emitir Pippi antes de que terminemos descerebrados con Operación Triunfo. El título ya suena a Pasado, a Gloria Nacional, a Mano Alzada, a Sindicato Vertical, a Congreso del PP. Calzaslargas era un huracán de libertad, los rayos y truenos de Haddock en versión infantil. Todo lo contrario a la señorita Rottermeier de Heidi, que representaba la vida con escuadra y cartabón, sin tachones. Puro aburrimiento. Pippi era la pirata más pirata del barco pirata. Una tipa estupenda que no entendía de agendas, de clases. Cómo no nos iba a gustar. Aún no estábamos preocupados por la regla de Bea en Verano Azul, todavía éramos niños en estado puro. Pippi fue nuestro primer amor, el auténtico. Luego vinieron las guapas y todo se complicó. Ojalá nunca nos hubiésemos bajado del globo de Pippi. Reía como una manzana sana en un volcán inocente.