BLANCA RIESTRA
03 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.En estos días de primavera precoz, releo a mis clásicos personales, escritores malditos y mujeres locas y vibrantes. He vuelto a leer a Clarice Lispector, que sigue siendo un vivero de sorpresas. Clarice elimina la distancia entre objeto y mirada y consigue atrapar al vuelo instantes minúsculos que toman de repente, ante sus ojos, dimensiones gigantescas. Esto mismo hace también Raymond Carver. Para mí son los cazadores de instantes por excelencia. Y es que me decía una amiga, que es un poco bruja o un poco lista, que todo lo que ocurre en el mundo, lo más tonto y lo más banal, lo más descabellado y lo más corriente viene recorrido por un hilo negro que no percibimos a primera vista -los franceses hablan de un fil rouge-. Es ese hilo negro lo que busco yo, no sólo en los libros, o en la música, sino en la vida. En el cuento de Clarice que leí ayer, se relata el encuentro entre una mujer joven y su madre y la despedida silenciosa en la estación de tren. Apenas hablan. A la madre se le deshace el moño y el tren la vapulea mientras desaparece en la distancia. La mujer joven no comprende qué le ocurre y sabe que no podrá nunca contarle aquello a nadie. Busca alguna manera de resumirlo, de traducir esa conmoción interna que no consigue comprender, piensa en decirle a su marido: «El niño me ha preguntado qué quería decir Dios; me ha dicho, ¿mamá, es lo mismo Dios que niño?». Ayer yo misma presencié otro momento de cuento. Atravesaba la calle de Alcalá con mi abrigo rojo y mi macuto, pensando en otras cosas, el tráfico rugía. Adelanté a un trío extraño, eran dos señoras corpulentas con un niño muy pequeño entre las dos. Las dos señoras conversaban pero el niño se dio la vuelta, retorcido porque lo llevaban de la mano, para contemplar boquiabierto un espectáculo terrible. Un borracho melenudo, con un abrigo marrón, se abrazaba a una farola. Era imposible verle el rostro pero tanto el niño como yo imaginamos que estaba vomitando. Fue sólo un instante. Mientras la madre y la suegra, con sus inocuas bolsas del Corte Inglés, ajenas a todo, proseguían con su conversación apasionante, el niño y yo nos miramos el uno al otro fugazmente. Y nos comprendimos. No le dije adiós, lo dejé atrás. El niño me dejó partir, se volvió para contemplar de nuevo al borracho, mientras yo me alejaba a zancadas de la magia. Fue entonces cuando pensé que hay mundos que se rozan sin que nos demos cuenta, globos espaciales que colisionan creando pequeños desastres o maravillas remotas. Cuando yo era más joven estas cosas me pasaban a menudo, yo era como el niño de seis años, veía catedrales en el fondo de las tascas y poemas en los cubos de basura. Pero ya se sabe que la edad endurece las arterias. Con la edad, la membrana que nos separa de la vida se vuelve cada vez más gruesa y más dura. Aquellos que siguen viendo los milagros cotidianos son poetas y mueren jóvenes. O, cansados de ver demasiadas cosas, se convierten en asesinos o en malvados.