RECOGIENDO TEMPESTADES

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

01 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

En la larga tradición jurídica y política de Occidente teníamos claras tres cosas: que el terror empezó mucho antes que la guerra; que la guerra fue un relativo avance en el control de la violencia, y que el concepto jurídico de guerra sólo es aplicable a una contienda declarada entre dos poderes institucionalizados. Por eso le pedimos a los americanos que no jugasen con un instrumento tan dramático y excepcional, y que orientasen sus esfuerzos hacia la unificación de la jurisdicción internacional y hacia la persecución policial, judicialmente controlada, de los criminales. Pero Bush tenía prisa. Y, en vez de buscar una solución realista a un problema de máxima complejidad, optó por una imprudente jugada personal, dispuesto a ganar la primera medalla de Occidente y a aprovechar la ocasión para reforzar la hegemonía mundial de su ejército. Por eso tuvo que hacer una guerra que no es guerra, mientras sigue ahondando en un discurso asqueroso y lleno de contradicciones. Cuando todos le pedíamos prudencia y reflexión, optó por una guerra declarada en nuestro propio nombre y jaleada por los chaíñas que creen más en los B-52 que en Europa y la Declaración de los Derechos Humanos. Y así se permitió el lujo de bombardear un país que vivía en la miseria, reprimir con ametralladoras los motines de los presos, justificar con un lamento las bombas que cayeron en las escuelas, en las dependencias de la ONU, en las caravanas de jefes tribales y en los centros neurálgicos de un país al borde del colapso total. Pero tan pronto le llevaron los primeros prisioneros, muchos de ellos movilizados a la fuerza, el mismo Bush empezó a decir que su guerra no tiene prisioneros de guerra, que los talibanes no eran soldados, y que los cautivos no son más que alimañas terroristas a las que no se les puede dar una sola oportunidad. Y así nos luce el pelo en Occidente: con las imágenes de Guantánamo quemándonos en los ojos, con los tribunales militares clavando rejones en nuestra tradición democrática, con los países europeos solicitando un trato humano y justo para sus ciudadanos -¡los demás que se pudran!-, y con el ínclito Rumsfeld haciendo mangas y capirotes con la larga tradición garantista de los Estados Unidos: la pena se aplica antes del juicio, y los presos son declarados culpables -¡terroristas!- antes de que se dicte sentencia. Por eso hay que denunciar esta nueva concepción del orden que vamos a lamentar muchos años. Porque todo lo que sonaba a avance de la paz y la justicia se nos disuelve en las manos. Y porque, mientras en Israel, Kandahar y Guantánamo pasa lo que pasa, en La Haya están juzgando a un tal Milósevich, que sólo era un aprendiz. ¡Un esperpento!.