JOSÉ A. PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
29 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Este fin de semana se cumplieron tres años de la muerte de Torrente Ballester. En tres se adelantó a Camilo José Cela en el deseo común de fundirse para siempre con la tierra natal. Igual que, en un futuro, lo harán en Padrón, en Ferrol cada año se quiere recordar a Torrente. Y se hace sin más pretensiones que la de evocar su memoria hablando de su obra literaria. Recordamos al hombre y oxigenamos su literatura. Aparte del respeto, cariño o admiración de muchos conciudadanos, todos los que estamos alrededor de este empeño también sabemos que si la obra literaria de un escritor no se airea de vez en cuando, si los medios de comunicación no hablan de ella o de su autor, esa obra, por mucho valor que se le reconozca, empezará pronto a enmohecer, a oxidarse. Hoy, más que nunca. Hasta ahora se sabía que uno no moría del todo mientras alguien entre los vivos se acordase de él. Pero ahora, seguramente, esto no es suficiente. Tratándose de la obra de un artista, también tienen que acordarse los medios de comunicación. En una sociedad como la nuestra, donde los libros parecen tener fecha de caducidad, y donde cada día aparecen varias docenas de obras literarias, si no se remueven algunos nombres de prestigio y algunos títulos de libros importantes, están condenados al olvido general y progresivo. Sólo muy pocos sobrevivirían. Ya decía Unamuno que lo malo de los libros nuevos es que no nos dejan releer los viejos... Pero en el caso de Torrente, últimamente, y en su ciudad, se le ha brindado uno de los mejores homenajes posibles a un escritor: dos novelistas ferrolanos han escrito sendas novelas que, de alguna manera, recuerdan los territorios literarios del viejo maestro. Es algo más que una curiosa casualidad, porque, las dos narraciones tienen a Ferrol como espacio novelístico; los dos autores son primerizos; no se conocen entre ellos, pero coinciden en que ambos son lectores entusiastas de su ilustre paisano. Más o menos conscientemente, cuando se deciden a escribir una novela, tienen como referente orientador la obra de Torrente. De forma distinta, pero también bastante notoria. Y lo más importante: cada una en su estilo, son dos novelas excelentes. Una -Conacho, de Guillermo Ferrández- acaba de salir de la imprenta y ya se agotó en su primera edición. La otra, Todo está escrito, de Francisco Corbeira, todavía está inédita, en fase de pulir detalles. La primera aborda un compartimento de la vida ferrolana que Torrente no tocó en La boda de Chon Recalde: el mundo de La Constructora, el complejo mundo de los astilleros, por lo que, de alguna forma, viene a completar la novela más ferrolana de don Gonzalo. La segunda es una vuelta a la línea que inició Torrente con La saga/fuga de JB: una literatura que rescata la tradición atlántica y las leyendas celtas; algo que Torrente echaba en falta en la literatura -en gallego o en castellano- escrita desde Galicia. Francisco Corbeira le hizo caso y afrontó la redacción de una obra compleja, que resuelve con desparpajo. En ambas novelas son los mundos de Torrente, más que su estilo o su pensamiento, los que se transparentan. Esos mundos que él imaginó y que, a lo mejor, siguen levitando por el valle de Serantes, alimentando la imaginación de sus paisanos.