Pocas veces un congreso, como el celebrado por el PP este fin de semana ha dado tanto que escribir y tan pocas sorpresas. Los populares hubieran podido prescindir del cónclave porque su desarrollo se ciñó al guión que durante meses escribió Aznar. Que la sucesión de José María Aznar se mantiene abierta, lo sabíamos los españoles desde hace semanas. Que Rato, Mayor Oreja y Rajoy siguen siendo los mejor colocados para el relevo, lo conocíamos, incluso antes. Que Aznar ejerce un control absoluto sobre su partido lo intuíamos por el apoyo que reciben todas sus propuestas. Que el clan de Becerril tiene mucho que decir en el futuro, lo ratificamos cuando se hizo público el anuncio del compromiso de uno de sus líderes, Alejandro Agag, con la primogénita del presidente. Y que los socialistas están divididos, carecen de programa y de un líder carismático, lo recordamos cada vez que vemos un teldiario. El congreso sí ha servido para impartir entusiasmo y filosofía de éxitos arrolladores. Para que los 3.000 compromisarios conozcan en qué consiste el patriotismo constitucional que propugnan sus líderes y también para que los populares gallegos regresen con un sabor agridulce al ver que no fue aceptada su propuesta de que representantes de las autonomías formen parte de la delegación española en la UE. El PP se ha revelado como un partido compacto. Con un presidente, que ahora lo es también de Europa, exultante y dispuesto a sacrificar su trayectoria personal por el bien del partido y de España. Y con un Álvarez Cascos que, al igual que los populares gallegos, ha tenido que mirar hacia otro lado para poder proclamar el éxito de su propuesta. Todo lo que ha ocurrido en el congreso lo sabíamos de antemano sin necesidad de estar este fin de semana en Madrid. Incluso sabíamos que los parados, los pescadores, los jubilados, los inmigrantes, los universitarios, la lucha antiterrorista y la justicia van a seguir a la deriva.