ANA DIOSDADO, PRESIDENTA DE LA SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES Y EDITORES (SGAE)
24 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Conocí a Adolfo cuando aún era una niña que iba al colegio y él un joven actor de 23 años, recién venido de Barcelona para incorporarse a la compañía del Teatro Nacional María Guerrero, de la que mi padre -Enrique Diosdado, también recién llegado él de America- era primer actor. Y recuerdo que su primera Nochebuena en Madrid la pasó en mi casa, con mi familia. Nuestra amistad data de entonces y ha permanecido inalterable a lo largo de toda una vida de acontecimientos, de gentes, y de alegrías y desgracias de uno y otro. Me parecería innecesario y pretencioso por mi parte pormenorizar una vez más la grandeza profesional de ese hombre de teatro como hubo pocos, como hay pocos y como habrá pocos, y de la que hoy habla todo el mundo. He perdido a un amigo, a un querido y muy admirado amigo, y mi paisaje personal ha cambiado. Hay en él un vacío, como el que encontré en el Teatro Español, en la mirada de dolorido estupor de todos los que le quisimos.