LOS QUE VIVIMOS

La Voz

OPINIÓN

MANUEL ALCÁNTARA

17 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Me he propuesto no escribir ya más necrológica que la mía. Será el único artículo que pienso adelantar, ya que escribirlo el mismo día de mi muerte puede ofrecer dificultades. Camilo se ha ido, lo que demuestra que hasta los inmortales fallecen. Cuarenta y tantos años de amistad. Hoy muchos hablarán de él hasta el empacho, con más conocimiento de su espléndida obra que de su firme, tierna y dura personalidad, pero yo quisiera hablar de los que todavía vivimos, no de los que han pasado a la indiferencia. Además llevo una racha horrible: Mariano Tudela y, hace dos días, Sánchez-Silva. A ciertas alturas de la vida la agenda de direcciones es un cementerio. Quienes resistimos y tenemos aún «difíciles los pensamientos» seguimos atareados con esto de vivir, que es una lata, aunque tenga momentos agradables. No hay que entristecerse, más que nada por «lo triste que es estar triste», que decía Manolo Machado. Hoy me ha divertido, a pesar de estar apenado, que la Fiscalía Anticorrupción haya impugnado el recurso con el que el Arzobispado de Valladolid se ha opuesto a entregar a la juez que investiga el caso Gescartera la documentación contable. Coincide esta noticia con otra también de índole económica: el arcipreste de Alcira ha invitado a sus feligreses a no echar en las colectas «esas monedas de poco valor que molestan y uno no sabe cómo desprenderse de ellas». Todo lo que no sea de un euro para arriba no le gusta. Se conoce que Dios le ha concedido una exquisita sensibilidad. Por otra parte, que viene a ser la misma, hay que reconocer que el euro está teniendo una infancia difícil: se devalúa ante el dólar, lo que no tiene ninguna gracia, y se falsifica, lo que todavía tiene menos. Sólo a los muertos no les preocupan estas peripecias. El gran Camilo José Cela me dijo un día, en los toros, que temer a la muerte era una ordinariez. Era un quevediano puro y esperaba morir al paso de la edad. También me dijo que quería que lo enterraran al pie de un olivo.