EDUARDO CHAMORRO
16 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Las coincidencias son, por lo general, fenómenos de doble entrada. Obedecen, por un lado, a las leyes naturales que las provocan y de las que son un efecto sujeto, en la mayoría de las ocasiones, a previsión, es decir, a cálculo. Esa sería su faceta científica, en la medida en que no haría falta otra cosa que la ciencia para definir y esclarecer el fenómeno de la vinculación entre una cosa y otra. Es lo que los budistas tienen por ley o principio de la justicia retributiva, y es también aquello a lo que se refiere el castizo cuando afirma que «nada es gratuito», cuando augura que «el que la hace la paga» o cuando aconseja: «No la hagas, no la temas». Pero las coincidencias también sirven o pueden servir, por otro lado, a análisis digamos que artísticos en la interpretación de los hechos derivadado del vínculo, más o menos afortunado y oportuno, que se señale entre esto y aquello. Vistas así las cosas, no deja de ser interesante la coincidencia entre la taimada consolidación del pantalón vaquero como prenda de vestir, y la extinción del talento de Yves Saint Laurent -cuyas postreras apariciones en público dan que pensar en un destino no demasiado benévolo para con los modistos- o su voluntaria desaparición de un terreno de juego sin demasiados alicientes y con no pocas amenazas de tiburoneo. El vaquero ya no es aquel pantalón esforzado que costaba poco y duraba toda la vida. Ahora cuesta más bien un riñón, está confeccionado con materiales infames, cosido con la cabeza puesta en las musarañas, y su vida media no puede pasar de las dos temporadas, es decir, del centenar de fines de semana, pues el vaquero es ahora ropa elegante del fin de semana. La gente se lo pone para relajarse de modo que haga juego con una serie de prendas de relajamiento, todas ellas informales salvo en el aspecto auténticamente hortera de lucir firma de creador y marca de fábrica del modo que mejor sirva al exhibicionismo grupal. Si usted no lleva una de esas marcas encima y si ignora la manera de anudarse la bufanda, o de envolverse las caderas con el jersey, dejando las respectivas etiquetas al aire y a la vista, usted es un capullo, probablemente un botarate y con toda seguridad un cantamañanas con escaso derecho a la vida y ninguno a la cultura del vestir. Tales circunstancias -entre otras probablemente lóbregas- no parece que sean las que más y mejor podrían prolongar la carrera del discípulo y sucesor de Christian Dior. Ives Saint Laurent se educó en un escenario donde la vanidad buscó siempre un modo de expresarse con discreción, y encontró en el talento la fórmula para resolver semejante paradoja. Yo entiendo poco de moda -y lo poco que entiendo me esfuerzo en no saberlo-, pero ese poco basta para intuir que en el concepto y la sensibilidad de la moda actual no hay mucho terreno para el Marcel Proust que Saint Laurent citó en sus palabras de despedida. Unas palabras en las que, de algún modo, resonaba, como en un recitativo, el eco de los diálogos de aquella película llamada Sunset Boulevard, sin que quedara muy claro, sin embargo, si eran dichas por Gloria Swanson o por Eric Von Stroheim. Aunque puede que se las susurrara Billy Wilder o que fueran, en realidad, un homenaje a Buster Keaton.