TÁNGER, BARRIDA POR LOS VIENTOS

La Voz

OPINIÓN

BLANCA RIESTRA

15 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Venimos del frío de un Madrid manchado de nochevieja. El poeta Carreño, Rédouane y yo cruzamos el estrecho en ferry. Hay temporal y la muchedumbre se hacina en la cubierta vomitando. Llegamos al anochecer. Tánger nos sorprende. Bien es cierto que poco queda de la ciudad de Paul y Jane Bowles, la ciudad de Jack Kerouac y Jean Genet. Tánger es una ciudad gris y ventosa de calles caracoleantes y puestecillos de buñuelos. La medina, coronada por una kasba laberíntica, parece completamente volcada sobre el puerto. Las calles umbrías y atlánticas, repletas de cafés masculinos y ajetreados recuerdan a La Coruña y a Brest. En Tánger la chavalada se sienta en rotondas frente al mar y contempla la otra orilla, distante, luminosa, envuelta en un halo de leyenda -el reino de Gil, Marbella la lujosa-. «¿Qué hacéis todo el día aquí sentados?», les pregunta Rédouane. Los chiquillos se ríen, fuman. Uno nos contesta juguetón, esperanzado: «Nos preparamos». Apenas ya se escucha el canto de los muecines en la vieja ciudad española. William Burroughs llamaba a Tánger la interzona. El colonialismo se ha llevado lo mejor de Oriente y ha dejado lo peor de Occidente. Los tangerinos son poco religiosos pero muy nostálgicos. En Tánger uno puede pagar por todo, el kif y el chocolate circulan con toda libertad, adormeciendo la voluntad de los cientos de desocupados que atestan los cafés viendo la tele. El hotel Continental se cae de puro viejo, en sus habitaciones se acumulan las lámparas y los muebles desvencijados. Se respira el viento del Estrecho, esa mezcla de sal y desesperanza. Ya no quedan españoles, los escritores americanos han muerto: «Los viejos tiempos ya no vuelven», nos dice un borracho en un cabaret de mala muerte, sólo quedan marroquíes. «Escoria, no somos más que escoria», nos dice este furibundo racista tangerino. En el Borsalino varias fulanas bailan sonriendo suavemente. Un jovencito canta un raï: «Aunque tu mundo caiga, sonríe, nunca dejes de sonreír». Es una canción con un ritmo muy alegre que el auditorio parece conocer. «Mira como cae tu mundo». Al final del primer día, ya todo el mundo en la medina nos saluda. Los camellos desdentados y los vendedores de almendras conocen nuestros nombres. En la terraza del café Fuentes que da sobre el Petit Socco, nos sentamos cada tarde con un viejo soldado de Regulares. Si pasamos por delante del café, Mohamed, aburrido, se asoma y grita «¡Blanca, os espero aquí, ya sabes que tengo mal las piernas!». Mohamed es un anciano fornido con sombrero de tejano que comparte con nosotros su pipa de kif. Nos habla del que fue su capitán, de Antonio Molina, de su novia Maruchi. Los chavales del Fuentes le rehúyen. Mientras Paco me pasa la delicada pipa de bambú, pienso en la fiereza de los moros de Franco. Mohamed es devoto de Alá y de la Virgen del Carmen. En el café Hafa, un tugurio que se descuelga peinado por todos los vientos, frente a Tarifa, bebemos té a la menta y soñamos con volar. Y en las tabernas del puerto las tardes de partido los hombres se reúnen para ver al Dépor. «La Coruña es nuestra ciudad hermana. Allí está uno de los nuestros», me dice un niño, «ojalá ganéis la liga». Sonreímos. «Y la copa».